A los pies de los chantajistas

Artículos de ocasión

A hora que ha pasado un cierto tiempo prudencial tras la caída de Cristina Cifuentes de la presidencia de la Comunidad de Madrid, quizá es hora de fijarse en los aspectos más sórdidos de la cuestión. Para muchos ciudadanos, tras las filtraciones sobre el dichoso máster universitario no quedaba más salida que la dimisión, y las semanas posteriores fueron un calvario innecesario coronado por los aplausos de los compañeros de partido en la convención nacional, absurda solidaridad de estirpe corporativa y que es más dañina que otra cosa. No estamos acostumbrados a que las figuras públicas se apoyen en la sinceridad para salir de los problemas, pero cada episodio en el que la mentira sirve de muleta nos convence más de que la única salida honesta es decir la verdad en público. Pero el remate del episodio fue aún más triste. La presidenta se vio obligada a dimitir en minutos tras darse a conocer un vídeo en el que se la veía pagar dos productos cosméticos que acababa de robar en un supermercado situado frente a la Asamblea de Madrid.

Una vez cobrada la pieza política, se ha corrido un velo de oscuridad sobre el episodio. A nadie le importa conocer de dónde vino una cinta que debió haber sido destruida a los quince días del episodio del hurto. Es lo que obliga la ley. Quien incumplió esa norma estuvo siete años maquinando el uso que podría darle al material. Pero nadie persigue a ese delincuente ni quiere saber si cobró por dar a conocer el vídeo ni si, como se sospecha, está a buen recaudo de otro líder del partido que quiso vengarse así de su villana particular. Lo más grave es el grado de indefensión al que sometieron a una ciudadana, que lo sigue siendo pese a todos sus defectos. Más triste aún, luego hemos sabido que la propia Cifuentes conocía la existencia del vídeo. Alguien se le había acercado para informarla de que el episodio de su hurto estaba registrado y la cinta circulaba por los bajos fondos del poder. Los antiguos socios acabaron con la carrera política de Cifuentes, pero todo son especulaciones porque nadie quiere confesar ni nadie sabe investigar.

Cualquier persona que tenga un ápice de sensibilidad se preguntará por qué Cristina Cifuentes guardó silencio mientras sabía que la cinta con el episodio de su hurto circulaba de mano en mano. Por qué se dejó someter al chantaje o confiaba en que aquello quedara sepultado por la complicidad. Vivimos en una época donde los chantajes están a la orden del día. Las personas relevantes, al parecer, tienen que sostener una vida idealizada y cosmética, porque en caso contrario son destrozados por la opinión pública, más visceral y farisea que nunca. Frente al chantaje sólo hay una estrategia, la de la sinceridad. Lo razonable hubiera sido que Cristina Cifuentes en su momento anunciara que hubo un tiempo en el que cometió un hurto absurdo, que asumía su culpa y su ridículo, pero que, para evitar que la cinta con el episodio sirviera para chantajearla, prefería confesarlo públicamente y por anticipado. Es obvio que habría padecido la ira de los oponentes, pero con un poco de maña y dialéctica habría podido salir del paso. Todos sabemos que el episodio del máster fraudulento es de mayor gravedad, pero también hubiera podido afrontarse con la sinceridad y la renuncia, y el resultado habría sido mucho más digno.

Es difícil imaginar cuántos chantajes están ahora mismo labrándose en silencio. Las cámaras de vigilancia y los teléfonos móviles permiten que todo el mundo pueda ser un espía. Más aún si sobre las grabaciones de seguridad no se ejerce un control riguroso. El material judicial desemboca en un montón de conversaciones fuera de lo investigado, pero que dan dinamita a los medios. Frases torpes, escenas grotescas, gentuza en su intimidad, que acaban en la luz pública de manera fraudulenta e innecesaria. También los correos privados de muchas personas que tras una investigación no son usados como prueba, pero terminan en el plato del público. Lo malo es que en numerosas ocasiones es material sobre el que perpetrar un chantaje. Ese chantaje cotidiano, como el que me contó un amigo algo famoso. Al parecer, un vecino le exigió un favor personal, pero le advirtió antes de que si ese favor no le era satisfecho se dedicaría a ponerle a parir en las redes. Triste mundo, este que venimos fabricando.