El ‘fatberg’

Palabrería

Porqueriza. Los visitantes mantenían la distancia ante la nueva vitrina del museo, situada en un lugar principal. La pieza era difícil de identificar, no así su olor. Olía a mierda, a retrete después de un concierto multitudinario, a váter de bar durante las fiestas patronales, a porqueriza, a espacios sin ventilación donde lo íntimo se tornaba nauseabundo. La exposición era de una sola y rarísima pieza, con la particularidad de que estaba viva. ¿Qué diabólico engendro era aquel? El museo rogaba a los visitantes que no desvelaran a sus amigos y conocidos de qué se trataba, explicado en grandes y pedagógicos carteles en el tercer espacio.

Mascarilla. Las farolas de la ciudad se ensombrecían con carteles de la galería, con el fondo blanco y letras rojas de gran tamaño y en mayúsculas: «Ven a contemplar al monstruo». Con variaciones: «Hemos encerrado a tu pesadilla» y «el mal vive bajo tu casa». Para sorpresa de los organizadores, muchos respetaron el pacto tal vez porque había calado la cultura del secreto derivada de las series de televisión: para algunos círculos, hacer un spoiler era considerado un acto de alta traición. Así, los visitantes se presentaban ante la primera de las puertas de la exhibición con el corazón encogido y el ánimo expectante. La caja número uno era una microsala de cine: se proyectaba en tiempo real, y en múltiples pantallas, lo que sucedía en la otra estancia, con cámaras enfocando a los ciudadanos y al objeto, que, según se deducía de los carteles y los folletos, era de origen terrestre. En penumbra, el público sufría al ver las caras de horror y angustia, y desagrado y repugnancia, de los predecesores en la experiencia. Algunos se cubrían la nariz con pañuelos, a ninguno se le había ocurrido cargar con una mascarilla.

Tufo. Las cámaras que recogían los espasmos de la cosa estaban dentro de la urna que la custodiaba, y que protegía a los mirones de las tóxicas emanaciones. Gracias a esa proximidad, cubrían con gran detalle la superficie y los cambios, que parecían responder a la repugnancia de las personas expulsando, a su vez, dosis mayores de repulsión. Babeaba, se le abrían hendiduras, se desplazaba unos milímetros dejando tras de sí un rastro acuoso y marrón. Antes de enfrentarse a eso, recomendaban leer las advertencias. El tufo era muy fuerte y si alguien se mareaba debía salir inmediatamente, por eso obligaban a pasar en compañía. Se prohibía la entrada a niños, embarazadas y a personas con cardiopatías. Muchos no se atrevían a dar el paso. Los que lo hacían debían atravesar dos puertas. Ya en el espacio intermedio, el aire era irrespirable. En presencia del cuerpo, y eso que los cristales debían contener el hedor, el primer impulso era vomitar. Quien lo hacía tenía a su disposición unas bolsitas de papel con una leyenda: «Llévate tu fatberg a casa». ¿Fatberg? ¿Aquello se llamaba fatberg?

Encéfalo. El misterio quedaba resuelto a la salida. Con el estómago revuelto, y con la fetidez clavada en el encéfalo, imposible de disipar, descubrían que el fatberg era un desecho de la humanidad, aquello que el agua no podía disolver: grasa, toallitas, condones, pañales arrastrados por las cañerías y que se iban compactando en el alcantarillado. Engendros que pesaban toneladas y que los operarios atacaban con herramientas para deshacerlos. Las vergüenzas de los humanos en el mismo paquete. De no actuar de inmediato con una legislación adecuada, la familia Fatberg colonizaría con éxito el subsuelo.

Peluche. El fatberg encerrado en el zoo junto con los animales peligrosos («¡liberad al fatberg!»), el fatberg como protagonista de una serie de Netflix, el fatberg inspirando camisetas y tazas de desayuno, el fatberg como peluche infantil, el fatberg como presidente republicano de los Estados Unidos.