El más joven en escalar el Everest
PalabrerĂa
TĂ©. El alpinista, de solo 18 años, habĂa convocado a la prensa en el comedor. La madre preparĂł cafĂ© y cruasancitos rellenos (patĂ©, sobrasada, jamĂłn de York, queso fresco) colocados de forma ordenada en los platitos de porcelana con dibujos de flores rosas, de color desvaĂdo. HabĂan tenido una discusiĂłn sobre quĂ© era apropiado para las 12 del mediodĂa, demasiado pronto para comer, demasiado tarde para desayunar. Las 12 era una hora fronteriza entre dos estados de ánimo, segĂşn Ă©l, que habĂa leĂdo algo de budismo, pues estudiaba las montañas con una visiĂłn espiritual más que geolĂłgica o aventurera. Unos meses antes decidiĂł que si tenĂa que ir a Nepal su obligaciĂłn era conocer quiĂ©n era Buda y cuáles sus enseñanzas. Desde entonces se sentĂa distinto: más despegado de su ser, pero más pegado al suelo. La madre le decĂa que estaba tonto y que si querĂa levitar podĂa darle un bofetĂłn. Ante el ruego del alpinista de servir tĂ© Pu-erh a los invitados, ella respondiĂł que tenĂan que conformarse con las bolsitas de Hornimans.
Piolet. Aunque pasaban el dĂa regañando, la madre estaba orgullosa de las hazañas de aquel hijo, el más pequeño. Él le habĂa dicho que habĂa escalado el Everest y a ella le pareciĂł raro porque no habĂa pasado ninguna noche fuera de casa, a excepciĂłn del fin de semana que se fue con la novia. Ligero de equipaje, no vio los bultos propios del alpinismo: las cuerdas y esos picos pequeños que llamaban piolets. Ni mochila ni botas ni anorak. Ni siquiera un gorro de lana: por lo que decĂan, arriba hacĂa frĂo. El hijo volviĂł rojo y contento y le explicĂł que habĂa estado en la playa. La madre lo vio muchas veces estudiar mapas raros en la mesa del comedor, la misma en la que habĂa dispuesto el agua caliente, la cafetera y los cruasancitos.
Manicomio. Cuando la mujer le preguntĂł por el Everest, Ă©l le contĂł la ascensiĂłn de una forma tan vĂvida que tuvo que creerlo. ParecĂa como si lo estuviera mirando por la tele: incluso notĂł un rayo helado que le tocĂł la punta de la nariz. La nieve cegadora. El sherpa con el rostro cuarteado. La tempestad que pintaba el paisaje de un blanco sin fin, como la habitaciĂłn acolchada de un manicomio (ella no entendiĂł la frase, pero intento imaginar el blanco acolchado de la habitaciĂłn de un manicomio). La extenuante lentitud de la ascensiĂłn. Las piernas hundidas hasta la mitad de las rodillas («nieve que nadie habĂa pisado antes porque allĂ nunca para de nevar y la nieve siempre es nueva»). La disciplina de la cordada. El miedo a desaparecer tragado por la nevada. La dificultad de respirar de la botella de oxĂgeno. La sensaciĂłn de ahogo y de pĂ©rdida de conocimiento. Los miles de agujas clavándose. El hielo congelando la barba («hijo, Âżpero cuándo has tenido barba?», «la tuve en aquella aventura, mamá»). La pesadez del equipo. El Ăşltimo tramo, unos pocos metros que se le hicieron tan largos como regresar a casa a pie desde la discoteca de madrugada. Y, por fin, la cumbre. «El techo del mundo». Una pequeña decepciĂłn porque Ă©l pensaba que desde arriba verĂa la torre Eiffel y las pirámides. Un par de selfies, y listo. Ella le preguntĂł por los riesgos del regreso y Ă©l dijo que la historia acabĂł en ese punto.
Kayak. La rueda de prensa fue tranquila. La madre sirviĂł un tĂ© Hornimans al cámara de la tele local y un vaso de agua a la chica de la revista de los comerciantes. No se presentĂł nadie más. ExplicĂł lo mismo que a la madre. Tomaron nota, lo grabaron. La chica de la revista le preguntĂł si era la persona más joven «en coronar el Everest» y Ă©l respondiĂł que sĂ. Cuando no quedĂł ningĂşn cruasancito, se fueron. Por la tarde, la madre lo vio atareado con nuevos mapas, estos, marĂtimos. Él detallĂł el nuevo proyecto: atravesarĂa con kayak el estrecho de Magallanes. Se puso las gafas de realidad virtual y le rogĂł que no lo molestara. Antes de comenzar a jugar, lo importante era aprender a controlar la embarcaciĂłn.





