La morera de Juan Quintana

Arenas movedizas

Juan Antonio nació en Villanueva de la Concepción, El Pueblecillo, lugar de paso entre Antequera y los Montes de Málaga, a cuya provincia pertenece. Debían de ser los primeros cincuenta cuando toda Andalucía era una válvula de escape, donde, al llegar la edad laboral, a todo andaluz se le estiraba el cuello y miraba hacia Cataluña, principalmente, y a otros nichos industriales más al norte, cosa que hizo Juan. Antonia, su novia, a la que conocía desde los trece años, quedó en el pueblo y él lio su petate camino de Mataró. Y en Mataró, la ciudad que habría de ser su casa para siempre, se colocó, después de algunos trabajos, en el Frankfurt que abrieron en La Rambla –que aún sigue felizmente operativo– y en el que hemos comido alguna vez –o miles de ellas– los que hemos poblado esas tierras. Era, y es, la empresa Vallés, que había comenzado con un chiringuito en Caldetas y que se estaba expandiendo gracias a la indudable calidad de sus salchichas, que sigue intacta. Juan habrá frito en manteca durante los dieciocho años que estuvo al pie de la parrilla millones de Frankfurts, Cervelas, lomitos, terneras y Bratwursts. En un principio quiero recordar que un espléndido bocadillo del mejor Frankfurt que sigue habiendo en España valía doce pesetas. La empresa creció, recompensó bien a sus trabajadores y Juan, con lo ahorrado y lo cobrado, ya con Antonia a su lado, que le acababa de dar dos hijos, se lio la manta a la cabeza y quiso crecer, emprender y hacerse propietario. Abrió un bar llamado Las Palmeras y estudió cómo juntar en su casa a los que querían un menú y a los que pedían algo más, alguna excelencia. La excelencia estaba en las manos de Antonia, cocinera prodigiosa perteneciente a esa estirpe de cocineras madres que no quieren para sus clientes nada que no quieran para sus hijos. Juan y Sergio, por cierto, se incorporaron al negocio. Y así fueron progresando hasta que Juan supo que quedaba libre un local en la avenida del Maresme, ancho paseo junto a la vieja carretera nacional, con amplia terraza debajo de unas moreras. No se lo pensó dos veces y abrió, supongo que con esfuerzo y créditos, uno de los templos caseros más sabrosos de cuantos se encuentran por esos lares, con una calidad de producto que desborda cualquier expectativa y una manufactura que hace temblar todos los misterios. La manzanilla la buscan en rama en las mejores bodegas de Sanlúcar; los jamones los seleccionan sus hijos uno a uno; los pescados, grandes y pequeños, son rabiosamente frescos; y el resto de los productos –desde una porra antequerana a un arroz cualquiera– son de una honestidad irreprochable, sea un bogavante o un sencillo huevo frito (precisamente probé un bogavante frito con papas y huevo que quien quiera puede ver en mi cuenta de Twitter: @carlosherreracr). Mataró, una población con más habitantes que la provincia de Soria, ha sido muy inestable gastronómicamente: algunos menús aceptables, pero poca continuidad en hechuras más completas. La Morera ha venido a romper esa ecuación. No pocos mataroneses gustan de trasladarse a localidades vecinas: al Hispania maravilloso de las hermanas Reixach o a Líberic del gran Gerardo y su familia. Desde hace tiempo, no obstante, saben que pueden combinarlo con una casa extraordinaria en la que, como dice el lema en su toldo: «Lo posible lo hacemos al momento; para los milagros nos estamos preparando» (el que escribió el toldo no sabía escribir bien la palabra ‘instante’ y la cambió por ‘momento’). Mataró –qué voy a decirles yo que viví dieciocho años ahí– tiene un paseo y un disfrute: les aconsejo que se dejen caer por el Bar Europa, un clásico al que ya me llevaba mi padre, que sigue dominando el arte del aperitivo y la comida como pocos lugares en el mundo. Probé hace poco unos sonsos fritos (no son inmaduros), el pescaíto catalán, que me aturdieron y que también pueden ver en Twitter. Desde el Europa, o el Bar Mundial, otro gran clásico, un paseo por La Rambla, la calle Barcelona, la basílica de Santa María, bajando tranquilamente hasta La Morera, puede satisfacer a cualquier espíritu exigente. Y cuando lleguen a la mesa, déjense aconsejar por esa familia. A la que pronto sentirán como suya.