El azar como calmante

Artículos de ocasión

Muchos han calificado el asesinato de la joven golfista Celia Barquín como un crimen de azar. La maldita mañana en que la estudiante española en Iowa salió a entrenar, el asesino buscaba una mujer a la que violar y acuchillar, al menos así se lo había confesado a un conocido. Puede que el azar venga, en ocasiones, a tranquilizarnos. No debemos abusar del recurso. El azar lo es todo, pero el azar, al mismo tiempo, es nada. Para la familia cántabra que ha perdido de manera tan brutal a Celia, solo podemos ofrecer el consuelo discreto de mirar sus fotos en los medios y estudiar su trayectoria profesional y personal y concluir que fue alguien que sabía quién era y lo que quería. Hay mucha gente que vive noventa años sin saber nada de esto, sin tener claro hacia dónde dirigir un esfuerzo, una sonrisa, el tesón. Esos veintidós años tuvieron algo de plenitud. Tras la salvajada, nos queda esa ejemplaridad íntima.

Pero estamos obligados a regresar a la escena del crimen. De nuevo, tan alejada de la manipulación glamurosa que las series de televisión y el peor cine llevan décadas perpetrando. No hay grandeza, no hay audacia, no hay inteligencia en el delito, tan solo hay vulgaridad y estupidez. ¿Alguna vez caerán en ello tantos creadores y sus palmeros cínicos? Por supuesto que en el teatro de Shakespeare hay asesinos, feroces ambiciones y duelos mortales, pero están elaborados desde el conocimiento humano, y la representación del delito carece de importancia frente a la psicología. Todo lo contrario de la edulcoración dominante, cuya vacuidad intelectual está suplida por la fabricación de una estética del crimen de grotesca fotogenia. El problema es que en el crimen que nos ocupa no es el azar el que juega la baza definitiva, ni mucho menos. Nadie puede tildar de azar el cruce entre el lobo solitario y la víctima inocente. Al menos, en aquel territorio en el que se produce.

Unos días antes del crimen, yo recorría lugares cercanos en la frontera norte de los Estados Unidos. Incluso en una ciudad tan rutilante como Vancouver, en el lado canadiense, o Seattle, en el lado norteamericano, es imposible no reparar en la cantidad ingente de desplazados, de personas sin hogar, de seres situados fuera del sistema. En una calle principal de Vancouver, a pocos metros de sus rascacielos y sus tiendas de marca, entre la febril explotación del consumismo tecnológico, permanecían arremolinados en las aceras cerca de mil personas sin hogar. Atravesabas entre ellos sin verdadera sensación de peligro porque parecían incapaces de causar daño, tan aletargados estaban. Eran personajes de un baile de zombis real, no como el de las series de terror. Pululaban entre vómitos y suciedad, jóvenes, mayores, nacionales, extranjeros, con el cerebro fulminado por el alcohol y por el cristal y el crack, que ha terminado de cebarse con el eslabón más débil de la sociedad, que no es el pobre, como muchos creen, sino el solitario. Los solitarios en los tiempos de las redes sociales de amistad. Qué ironía.

Este crimen, como tantos otros, no responde al azar, sino a lo previsible. Porque es una evidencia del gran fracaso de las sociedades más desarrolladas. El modelo norteamericano, pese a sus muchos aciertos comerciales, muestra una debilidad irrefutable. Ha fabricado millones de personas solas, sin arraigo, ajenas a un entorno vecinal, familiar, laboral. No hay relaciones profundas porque casi todo es superficialidad y distancia. Puede que quieran construir barreras para defenderse de los países pobres, pero lo que han levantado es una barrera invisible alrededor de cientos de miles de individuos que están solos. Y en esa soledad, cuyo extremo conduce a arracimarse en las calles y vivir, como el asesino de Celia, en una tienda de campaña entre más indigentes, también hay otros miles que viven de manera discreta en eso que falsamente se llama ‘normalidad’. No es tranquilizador que la sociedad más avanzada del mundo contenga este fracaso brutal. Entre otras cosas porque copiamos su modelo con una década de retraso y da asco pensar que eso nos llegará pronto. La soledad propulsa un afán de causar daño y nos arrebata recursos para la reinserción. Esa es la razón del crimen, nada azaroso, sustentado en la más directa ilación que uno pueda imaginar.