Premio Vicedo para Luis del Olmo

Arenas movedizas

Manuel Alonso Vicedo y tres compañeros más fallecieron en 1972 como consecuencia de un accidente de coche cerca de El Puerto de Santa María. Vicedo, natural de la localidad sevillana de Gerena, iba a ser nombrado director de Radio Sevilla y atesoraba condiciones para ser una referencia del periodismo radiofónico andaluz y español. Había sido cofundador de una de las aventuras más prósperas de la radio española, Radio Vida, y su proyección era espectacular. Era joven y muy querido, tanto que en su población natal se instauró un premio que hoy poseen –poseemos– un notable número de profesionales del sector. Inevitablemente me acuerdo de la muerte de Pedro Deglané, hijo del mítico Boby, en el año 86, también como consecuencia de un accidente cerca de Écija en el que pereció otro compañero de Antena 3 de radio. La muerte de Pedro me cogió en la SER, donde era muy querido y donde lloramos su muerte a los 31 años. La carrera de ambos, Deglané y Vicedo, era de un futuro insospechado, y la muerte nos privó de dos grandes hombres de radio, amén del resto de los compañeros a los que desde aquí quiero rendir homenaje: Guillén, Moreno, Ortiz y Blandón.

Este año, el galardón ha recaído en Luis del Olmo y no hace falta aclarar por qué. Pero me voy a permitir hacerlo, pocos años después de que el maestro de Ponferrada haya colgado los hábitos del micrófono. Buena parte de lo que soy y de lo que sé se lo debo a este gigantón leonés al que tuve el privilegio de glosar en la entrega del premio. Luis ha sido el creador del modelo de radio matinal del que aún vivimos los que nos dedicamos a esto: trabajador infatigable, aplicó en España el esquema de los grandes bloques de programas, que pasaron de ser cortos y concretos a grandes contenedores durante mañanas y tardes. Yo lo recuerdo haciendo Protagonistas, luego programación local de Radio Peninsular al mediodía, la presentación de Los cincuenta de oro a media tarde y una exhibición de doce horas seguidas los sábados por la noche titulada De doce a doce. Todo a la vez. Agotador. Y ahí estaba él tan pancho. Ha gozado siempre de un extraordinario olfato que le ha hecho saber lo que quería el público, se ha sabido rodear de los mejores (a los que ha recompensado con generosidad), ha generado piezas de indudable valor, ha gestionado con eficacia una gran capacidad de liderazgo y ha reunido en torno a su figura mayorías nunca repetidas. Es muy difícil que vuelva a producirse un fenómeno radiofónico similar al que ha protagonizado Luis, ya que hubo un momento en el que todos querían hablar en su programa sabiendo que en Luis encontrarían a un tipo en el que la ausencia de sectarismo era una de sus máximas. Todos cabían en Protagonistas y para todos había un minuto. Hubo un momento en España en el que quien quisiera saber lo que pasaba tenía que escuchar, indudablemente, su programa, siempre amable, siempre dinámico, siempre espectacular, siempre imprevisible.

Nunca le oí hablar mal de nadie, siempre elogió a sus rivales, siempre exhibió un elegantísimo fair play y muy pocos podrán reprocharle comportamientos indebidos. Yo, desde luego, menos que nadie: siendo un veinteañero que llegaba de Radio Sevilla, me franqueó el paso para ser locutor de la recién estrenada Radio Mataró de José María Ballvé y Francisco Palasí, dos figuras a las que venero, y me confió su sustitución en el Protagonistas que recién estrenaba en la radio comercial en COPE-Miramar. Ahí aprendí el abecedario de este trabajo y alguna máxima de lo que después sería mi carrera personal. Todos, en este trabajo, hemos tenido alguna referencia generacional y laboral, todos hemos puesto nuestra vista en alguien, todos hemos seguido algún ejemplo, y no me duelen prendas en reconocer que mi modelo ha sido el de este tipo espigado e innovador al que sigo escuchando en mi inconsciente como a otros maestros del género: Gabilondo, García, Alejo, Arribas Castro, Encarna, Turia, Prat…

Es hoy el día en el que vuelvo a desear larga vida a la radio, la clave de mi existencia. Larga vida a Del Olmo. Larga vida a la memoria de Vicedo.