Protagonistas frente a protagonismo

Artículos de ocasión

Me ha llamado la atención una coincidencia azarosa, pero que invita a interesantes conclusiones. Se ha publicado un libro en España escrito por un superviviente de los atentados integristas en la sala de música Bataclan de París. Su autor, Ramón González, cuenta cómo en la primera llamada de teléfono a sus padres en Ciudad Real no les informa de que ha salido con vida del atentado, sino que para tranquilizarlos los dice que no se enteró de nada porque a esa hora estaba en el cine. Pasados algunos días, encuentra el ánimo para confesarles la verdad, convencido de que ese espacio de tiempo también a sus padres les evitará un trauma. Días antes de la aparición del libro, tuvo lugar un juicio en París contra una joven que se había hecho pasar por víctima de esos mismos atentados. La peripecia es sintomática y desvela las finas líneas entre la verdad y la mentira. Según sentencia, esta joven comenzó a impostar un relato sobre su presencia en la sala durante los atentados de manera paulatina hasta que armó una fantasía completa que la situaba en medio de la tragedia. No contenta con eso y cobrar su parte de la indemnización económica, se fue alzando como portavoz de las víctimas, hasta liderar una de sus asociaciones. Incluso llegó a posar para un fotógrafo mostrando el tatuaje que se había hecho en el brazo para ocultar la cicatriz que los disparos de los terroristas supuestamente le habían dejado.

Sucedió tras los ataques a las Torres Gemelas donde una mujer, de origen español, también logró hacerse pasar por portavoz de las víctimas sin haber estado en el lugar de los hechos. Conocemos impostores tremendos que se remontan a acciones de resistencia y hasta se fingieron víctimas de campos de concentración nazis, en lo que podría ser la cumbre de la maldad falsaria. Y en el futuro también tendremos nuestra ración de mentiras similares, porque las redes sociales contribuyen a la cosmética de las biografías propias. La gente necesita sentir el aprecio y hasta la envidia de los demás. Y, claro, ser la víctima de algo concede una posición de ventaja sobre el resto de la humanidad. No solo te convierte en alguien a quien respetar y con quien solidarizarte, sino que te gana el cariño general. Si observan atentamente, es muy habitual que incluso artistas, políticos, delincuentes y deportistas tiendan de manera natural a presentarse como víctimas de algo o de alguien para justificar su limitación de talento, su mala suerte, su deriva personal. Ser víctima resulta un chollo, según les parece a ellos desde fuera, quizá porque nunca han sido víctimas de nada realmente doloroso y no conocen el daño profundo que algo así te deja de por vida.

También tendremos en el futuro relatos de experiencias personales dolorosas. Es un género literario que se remonta a cientos de años atrás. Algunos consideran que es una moda superficial del mundo del libro, pero es tan solo la hipertrofia de una forma narrativa. Con el tiempo, la moda será sustituida por otra, pero permanecerá el esfuerzo. Lo interesante del caso que nos ocupa es analizar las dos reacciones tan distintas. La de la persona que ha sufrido de verdad el atentado corre a ocultarlo, silencia su experiencia terrible para ahorrarse el dolor de rememorarla. La del impostor es la tendencia contraria, el querer acercarse poco a poco al epicentro del drama y acabar siendo el protagonista del relato. Dicen que sucedió también al liberarse los campos de concentración nazis, y cualquier persona que haya tratado con quienes de verdad lucharon en la Guerra Civil española sabrán cómo su silencio y sus pocas ganas de hablar casi siempre delataban la sinceridad de su experiencia. No así los bocazas y vociferantes, que a final de cuentas se descubría que ni habían protagonizado nada ni su biografía contenía nada de ejemplar. Hay un cruel refrán que dice aquello de «dime de qué presumes y te diré de qué careces». Puede que sea viejo y manido, pero contiene una definición precisa del verdadero dolor. En una época de rutinas mediáticas y del deseo de querer hacer espectáculo con la realidad, hay que estar prevenidos ante los que piden para sí excesiva luz de foco. Ese afán de protagonismo victimista los delata.