El Nobel de la Paz, para la cocina

PALABRERÍA

Ahumar. Un congresista demócrata, John Delaney, ha nominado al cocinero José Andrés al Nobel de la Paz. Es la primera vez que alguien que toca los pucheros –baterista con cuchara de madera– es considerado para ese reconocimiento, pues hasta hace relativamente poco los que ahumaban sus vidas tenían una consideración social parecida a la de los fogoneros en los barcos de vapor. Por algo a ciertos aparatitos para cocciones mínimas los llaman ‘infiernillos’. Infiernos pequeños.

Honor. Reflexionando sobre el sentido de ese galardón, lo sorprendente es que ningún cocinero o cocinera haya optado antes al honor. Las mesas son lugares pacificadores. Nadie declara la guerra durante una digestión y si bien es cierto que el abuso de alcohol conduce a la violencia no es menos verdad que el borracho acaba derrotado por el exceso. La única discusión gastronómica que puede derivar en lágrimas es sobre la tortilla, y hay que responsabilizar a la cebolla.

Supervivencia. En la quiniela del Nobel, por delante de los ambiguos estadistas –que antes o después se levantarán en armas contra alguien– debería estar la familia de la cocina, cuya función histórica ha sido la de garantizar la supervivencia de la especie y, la más reciente, proporcionar placer –en aquellos lugares donde saciedad es lo contrario a hambre–. Me alegro de que José Andrés esté en el camino nobeliario, aunque no lo gane (demasiadas estrategias políticas e intereses contrarios), y piense, además, que no le corresponde. Si le preguntas, dice: «No comment».

Maliciar. En el abismo de Twitter, los habituales carroñeros que destripan a los cocineros si tienen algún rango –célebres, con reputación, triestrellados– no parecen celebrar el éxito –no es la palabra precisa– de José, probablemente porque desconfían de él, porque malician de cualquiera que dedique su tiempo a los demás («mmmm, no me lo creo», dirán arrugando esas narices tan puras).

Tenacidad. El triunfo de JR, así lo llaman sus antiguos camaradas –J, a veces–, es el de un colectivo, World Central Kitchen, organización creada tras el terremoto de Haití en 2010 y que acude a las urgencias planetarias, bien sean huracanes, seísmos o, más recientemente, los incendios de California. Mientras escribo esto me comunico con JR a dos bandas, por correo y WhatsApp, y detecto una mezcla de cansancio y tenacidad. Acaba de regresar de las poblaciones de Chico y Paradise, que las llamas volvieron de ceniza, y tiene la cabeza –esa cabeza que es un giroscopio– en los nuevos proyectos.

Torbellino. En octubre, vi a JR en el congreso de San Sebastián Gastronomika y exudaba la energía característica del que puede hacer múltiples tareas a la vez, y arrastra a los demás en el torbellino. Conversar con él a la vista de todos era tarea imposible: el que quería una foto a su lado no respetaba intimidades. Algún desvergonzado le pidió que posara con sus productos para campañas disfrazadas («tranquilo, que la foto es solo para mí», aseguraba el tramposo). Le ilusionaban las aperturas de Jaleo –una de sus cadenas de restaurantes– en Disney Spring, en Orlando, y de Mercado Little Spain con los hermanos Adrià en Nueva York en primavera de 2019. A propósito de ese espacio, se preguntaba de una forma abierta, debatidora: «¿Es posible hacer cocina española sin producto español?». ¿Una cocina son sus ingredientes o el modo de combinarlos?, repregunté. ¿La paella lo es menos si el arroz no es de Valencia? Tiene pocos meses para averiguarlo.

Reconfortante. ¿Qué premiaría el Nobel de la Paz? La cocina con responsabilidad social, transformadora, implicada, solidaria, inmediata, afectuosa, reconfortante, constructiva, con capacidad de aliviar el dolor del mundo, sí, del mundo, de ese mundo que acaba de ser destruido por la tempestad o el volcán. Que el congresista añada a World Central Kitchen a la candidatura junto al nombre de José Andrés. El compromiso es de muchos.