La democracia se ahorca a sí misma

Palabrería

Perplejidad. El caudillo del partido de ultraderecha se pasmó con los resultados de las elecciones al Parlamento regional. Esperaba una buena cifra, aunque no el éxito tumultuoso e incontestable. Disimuló la natural perplejidad porque vacilar era de débiles, asegurando –con la marcialidad de quien pretende ejércitos– a quienes quisieran escucharlo que, según sus cálculos, aquello era lo previsto. A medida que la noche electoral avanzaba, el brazo derecho peleaba por olvidar la prudencia y disparar el resorte del saludo romano, aunque la mente le recordaba una y otra vez que controlara las emociones, pues el poder solo se alcanzaba desde el disimulo. Algún día no demasiado lejano, el brazo se alzaría con esplendor. De momento, lo prudente era el reposo.

Pirómano. La campaña había sido una orgía. Aun sin representación parlamentaria, los medios de comunicación habían cubierto y difundido los mítines y dado eco a sus proclamas de pirómano. ¿Acaso no se daban cuenta de que una de las primeras cosas que haría tras alcanzar el mando absoluto sería silenciar a esas mismas cabeceras? ¡Qué asnos eran los periodistas, capaces de impulsar a un ultra con tal de cumplir con la sagrada libertad de expresión! Esas eran las paradojas de la democracia, régimen que se ahorcaba a sí mismo dando cabida a tipos como él y a partidos como el suyo. La mejor manera de aniquilar la democracia era desde la democracia.

Lavadora. Lo llamaban racista, machista, homófobo, nacionalista, supremacista, y todo era verdad, pero él era un retorcedor de palabras, especialista en lavadoras y blanqueos, y respondía que lo que promovía era la seguridad, la igualdad, el amor por la patria, un viejo y olvidado orgullo de raza y Dios (el único, el de furia y barba blanca). Le maravillaba que alguien aceptara tan triviales explicaciones, comprendía que lo votaran los bolsillos grandes, ya que era un colectivo que prosperaba bajo cualquier régimen, y se asombraba de que le dieran apoyo los desfavorecidos.

Sanguijuela. Para convencer a los curritos, según su desprecio de origen clasista, lo sencillo era recurrir a lo primario, a lo básico. Lo complejo no tenía cabida en estos tiempos de pensamiento grueso, áspero, de cáñamo. Los inmigrantes son sanguijuelas, se aprovechan del estado del bienestar y quieren robarte tu trabajo. Trabajo de mierda que ningún nativo estaba dispuesto a realizar, pero ¿quién se detenía en los matices?

Espina. Lo más extraño era que las mujeres confiaran en él. Las quería. Las quería en casa, las quería sumisas, las quería calladas. Las quería, aunque ellas no lo quisieran a él. Había recibido papeletas de votantes vengativos, frustrados, desencantados, coléricos con los partidos convencionales. Recogía el disgusto, la rabia, la ira y les daba forma, una figura aún incipiente, un monstruo del que surgía una porra, una bota, una bandera, una corona de espinas. Bajo la bota, negros, moros, feministas, ateos, izquierdistas, independentistas y todo aquel que osara discutir la opresión.

Coartada. Los analistas simplificaban: atribuían al independentismo el surgimiento radiactivo de la extrema derecha a lo Godzilla, y eso era verdad de una forma parcial. Con o sin ellos esperaba la oportunidad de devolver a la patria la gloria perdida, y los que querían desgajar el Estado habían resultado una coartada inmejorable. Un dictador muerto en la cama, un cadáver aún presente y una transición de guante blanco habían conservado el fascismo en formol. La reconquista había comenzado y era necesario improvisar porque el triunfo regional había sido sorpresivo. Mañana mismo exigiría análisis de sangre a los futuros candidatos, examinaría a las mujeres y eliminaría a las respondonas, reclamaría un test de patriotismo, obligaría a los machos a ser muy machos y a las hembras, muy hembras, y él mismo –¡él mismo!– pondría el primer ladrillo del muro que aislaría la nación del resto del mundo para preservar la pureza.