El que manejaba la batuta

Artículos de ocasión

De los tiempos de mi infancia recuerdo que las grandes celebridades españolas que triunfaban por el mundo siempre respondían a la vitola de francotiradores. Se erigían en excepciones a una regla bien mediocre, que marcaba una vida gris interior. Habían logrado con tesón personal, sin apenas apoyo, reivindicarse en especialidades que sonaban a raras porque no eran conocidas ni habituales para el gran público. El último fenómeno de esas características podría ser Severiano Ballesteros, que asombró al mundo del golf cuando en España apenas era conocido ese deporte. Formaba parte de la tradición de Bahamontes, Ocaña, Santana, que lograban ascender en sus disciplinas individuales. El deporte era lo más cantado en las loas, incluso ahora sucede de manera más evidente, pues el deporte representa lo blanco, lo que no tiene ideas, y el poder siempre ha pretendido ampararse tras él. Pero en otras disciplinas había esa españolidad de francotiradores que arrancaba en Ramón y Cajal y terminaba, al menos para mí, en el más desconocido de nuestros genios triunfadores, el director de orquesta Ataúlfo Argenta.

Crecí en un entorno en el que se valoraba mucho a aquellas personas que desde la nada ascendían a cuestas de su esfuerzo intelectual. Y por eso el nombre de Argenta era mencionado de manera habitual en casa, claro que también ayudaba que fuera cántabro, como mi madre, pero no se caía en orgullos regionalistas, sino que se apreciaba algo que aún hoy merece el asombro: ¿cómo llega un español humilde a ser un director de orquesta de relumbre internacional en plenos años de posguerra? A esta pregunta, que siempre he llevado conmigo, le he encontrado por fin respuesta. Ha sido gracias a una biografía que he leído con el retraso con que suelo hacer todo. No es un retraso estresante, sino que sostengo la costumbre de dejar que pase el ruido de las novedades para quedarme con aquello que de verdad, unos meses después, deja un poso en lectores y público. Vivimos demasiado instalados en la prisa y lo primero que fallece por culpa de la precipitación es el valor opinativo.

Música interrumpida es el relato de Ana Arambarri de la vida de Ataúlfo Argenta a través de testimonios directos, mucha expurgación de archivos y, sobre todo, las cartas íntimas a su esposa, Juana. El título hace referencia a que todos los logros en la música se produjeron antes de cumplir 44 años, que fue la edad a la que murió, en un accidente digamos doméstico que relata su ingravidez personal, su juego eléctrico y vitalista y sus pasiones. La película de Argenta es maravillosa y contiene las dosis imprescindibles de talento natural y esfuerzo físico hasta la enfermedad y la extenuación. Nadie es un patrón tan cruel como uno mismo y hay ciertas disciplinas donde el artista es esclavo de sí. Pero en los logros de Argenta hay, además, un regate constante frente a los rompepiernas de la España mediocre. Aquella que detesta el talento porque sobrevive gracias a la imposición de su medianía en todos los círculos de poder y dinero.

Las páginas de ascenso profesional y de vicisitudes de una vida privada cargada del vértigo de la belleza y la lealtad bien entendida son estupendas, pero cuando, terminada la guerra, se nos describe el panorama de un profesional de la música clásica entonces crece la amargura. Las muertes, las depuraciones, el exilio no son apenas nada frente al esfuerzo por sobrevivir laboralmente entre la maledicencia, los matones disfrazados de críticos, la escabechina ideológica, en una palabra, la inmoralidad corrupta de las autarquías. Pero Argenta resiste, gracias a su talento, porque tiene una pierna en el extranjero, en orquestas europeas que tras la Guerra Mundial se rearman con lo mejor que sale de países rotos. A España apenas le quedaba sacudir con El concierto de Aranjuez a diestro y siniestro para tratar de disimular que la mediocridad se había apoderado de lo que había sido el esplendor cultural de los años 1920 y primeros 1930. Argenta se convierte ahí en el francotirador con batuta, un Dudamel de ayer, el hombre espigado que se parte la cara por introducir nueva música en su país. Los pateos ante Bartók lo convencen de repetir el movimiento como bis final y en una anécdota gloriosa, cuando las autoridades le afean ese gesto que crispa a la audiencia pateadora y populista, Argenta responde: «Cuando la música es compleja y valiosa, difícilmente se aprecia en una primera vez. Necesita una segunda. Y lástima que no pude tocársela otra tercera». Grande.