El rastro de los periodistas asesinados

Artículos de ocasión

Disimulado entre otras lonchas de rencor, el periodismo es un habitual en el bocadillo de los populismos renacientes. Para hacerse comestible por una clase media que se ve a sí misma como desamparada, las ofertas electorales más oportunistas incluyen siempre una crítica radical contra el periodismo. Si Trump llegó a la Casa Blanca con la insistencia en que los medios de comunicación mienten a diario, el recién llegado a la presidencia de Brasil, Bolsonaro, lo ha hecho a lomos de telepredicadores contra informadores. Mientras funcione, la prensa seguirá siendo el objeto de los ataques. En una sociedad fatigada y distraída, que no encuentra razones ilustradas para justificar su pérdida del bienestar, todo ataque contra lo establecido se venderá con éxito. Ahí la prensa sale herida. Demasiado vertebrada con el poder económico, al que necesita pero también sacude, algunos confunden la libertad de expresión con el boicot al que no te da la razón. Como todo el mundo sabe, el periodismo está lleno de defectos, pero el peor defecto de todos sería el de la ausencia de periodismo. El sueño húmedo de estos dictadores blandos que se han alzado con el poder bajo el manto de la democracia sería ver desaparecer el incómodo estamento de la prensa. Quienes acusan de mentir a los medios no han sido precisamente aquellos que manejan la sinceridad y la verdad, sino precisamente los que pretenden imponer sus propias mentiras.

Por todo ello conviene reparar en la lista de periodistas asesinados y encarcelados a lo largo del año pasado. El último informe profesional contabiliza más de ochenta ejecutados en el mundo. Es un número suficientemente grande como para evidenciar lo que nadie quiere ver: que el periodismo continúa siendo incómodo para quienes aspiran a manejar el poder sin elementos críticos. Si ampliamos la lista a los periodistas encarcelados y los medios cerrados por el ahogo administrativo, nos encontramos con un panorama contrario al discurso del populismo actual. El periodismo no es hegemónico, sino que sufre persecución y ahogamiento económico. Hemos visto cómo en países de una enorme relevancia internacional como Arabia Saudí, China y Turquía los periodistas son perseguidos de manera cruel. Los discursos incendiarios contra la prensa desde las cabezas de poder de Rusia, Italia, Hungría o Estados Unidos para lo único que sirven es para blanquear estas persecuciones. No es raro que Afganistán, Siria o México lideren las estadísticas de periodistas asesinados, lo que es absurdo es que desde las democracias más consolidadas no se reconozca el esfuerzo de profesionales en situaciones de alto riesgo.

Nos sorprenden los asesinatos de un periodista saudí en la embajada de su propio país en Estambul, la ejecución de una periodista en las calles de Malta o de un colega suyo en Eslovaquia por indagar en corrupciones políticas, pero no lo relacionamos con el discurso del odio contra la prensa. La dialéctica allana el camino para las pistolas, sucede de modo habitual. Que la persecución periodística esté desatada en Egipto o Venezuela nos parece acorde con la situación económica y de seguridad de ciertos países que están sumidos en una crisis profunda, pero somos incapaces de apreciar la relación directa entre la salud de la democracia y la salud del periodismo en nuestro propio entorno de cierta paz y tranquilidad. Cada vez que un líder político carga contra el periodismo, como si fuera un ente que actúa en bloque, y no un corral de intereses particulares que contribuye a dar voz a las distintas visiones, lo que nos está invitando a pensar es que el mundo funcionaría mejor sin ese control. Y, por ahora, la gente es tan estúpida que lo cree, ya sea porque se ha enfrentado al funcionamiento caprichoso de la prensa o sufre una cierta frustración ante la deriva de muchos medios. El periodismo no es una receta para los males estructurales de un país, sino una lupa de aumento que ayuda a los cirujanos sociales. La perfección no es el silencio, sino aceptar el papel de cada cual en un mundo donde demasiados aspiran a dominar sin ser expuestos a la crítica y el escrutinio. Los periodistas asesinados son un rastro del discurso impune de la mentira.