Un año más, Eurovisión a la vista

Arenas movedizas

RTVE ha enviado al Festival de Eurovisión absolutamente de todo: canciones melódicas, baladas románticas, antiguallas que ya lo eran hace años, rumbas, dúos, bandas completas, artistas desconocidos, grandes estrellas, canciones pop, horteradas muy rítmicas y hasta un mamarracho. Y lo que se dice ganar en solitario lo ha hecho una vez. Y de forma colectiva, otra. Pero en cuatro ocasiones ha quedado en segundo puesto, y en dos de ellas con canciones que podrían ser obras de arte. Tanto Mocedades como Karina pueden considerarse vencedoras de Eurovisión: Eres tú y En un mundo nuevo son dos bellísimas canciones que contaron con el trabajo musical de dos maestros de la producción, el gran Juan Carlos Calderón y el no menos grandioso Waldo de los Ríos. Betty Missiego estuvo a un palmo de conseguir el triunfo y la magnífica Anabel Conde también saboreó el agridulce segundo lugar. Luego han caído un tercero para Bravo y un par de cuartos para Sergio Dalma y Julio Iglesias. Quiero recordar que un quinto para Azúcar Moreno, un sexto para Raphael y un séptimo para Rosa, y que me perdonen si me dejo a alguien situado en esos puestos, que seguro que me lo dejo. Hemos frecuentado, ciertamente, más la zona subterránea que la azotea del éxito, y especialmente en este tiempo en el que queremos adivinar qué es lo que le va a gustar al público eurovisivo y no damos con la tecla, como le pasa a países de tradición musical tan sólida como Reino Unido (Royaume-Uni) o Italia, que siempre ha enviado joyas bellísimas a Eurovisión y siempre le dice que se las metan por donde el sol no brilla.

El festival es un atractivo espectáculo que continúa convocando con éxito la atención televisiva, especialmente de los más jóvenes. Por ello creo que TVE ha acertado uniendo ello al programa Operación Triunfo, ya que así vincula el Eurofestival a la gente más joven, que es quien de forma mayoritaria ve ese programa. Algunos hacen una suerte de cuestión de honor no haber ganado el concurso desde el año 69 precisamente en Madrid y de la mano de Salomé. Y a mí me hace eso muchísima gracia, ya que parece que se dirima en la votación algo más que el capricho del público por canciones mayoritariamente mediocres y en las que priman, más allá del gusto por una u otra pieza, cuestiones de simpatía vecinal o antipatía mutua. En cualquier caso es un programa muy visto y la organización supone para un país algún tipo de esfuerzo que se compensa con creces por la ventana publicitaria al exterior que supone una emisión con esa audiencia.

Este año ha sido elegida una canción más o menos de fiesta española, de las de noches de juerga, de las que se cantan enseguida en forma de charanga. Le deseo lo mejor, está claro, pero recuerdo que con la intensidad rumbística típicamente española no nos ha ido excesivamente bien: Peret no fue apreciado y la excelente Remedios Amaya ni siquiera fue tomada en consideración (ella es maravillosa, pero la canción era una filfa). Enviar a jóvenes pretendientes a artistas puede sonar raro a quien añora que grandes figuras sean las elegidas para defender el pabellón de la música española, como pasó cuando fueron Raphael o Paloma San Basilio, entre otros, pero que piensen que hoy, en un festival, casi todo lo que se canta es muy parecido. De la misma manera que la realización televisiva es idéntica cada año: podríamos ver cualquiera de los últimos diez y creer que es el mismo. Son los signos de cada tiempo, y este es uno en el que cada cual canta en inglés y hace casi siempre la misma canción. A pesar de ese mimetismo, Eurovisión es un espectáculo entretenido y estaría de Dios que este muchacho catalán acierte con esa pieza tan pegadiza y bailonga. Uno hubiera querido ver al fantástico Famous, pero no creo que llevara la canción adecuada. En mayo echaremos una velada en casa de cada cual, y yo procuraré quedarme despierto al menos hasta la sexta canción.