No todos los caminos de Netflix llevan a ‘Roma’

Artículos de ocasión

Nunca he visto funcionar la propaganda como en nuestros días. La potencia de la publicidad todo lo vence en un mundo de espectáculo. Hemos visto cómo la profesión de crítico, que en un tiempo tuvo importancia capital en los movimientos culturales, es hoy prácticamente inexistente. Se la han cargado las empresas que no entendían por qué tendrían que comprometer su inversión al criterio de algún enterado. Pero esto también es empobrecedor, porque nos ha legado un estado de cosas donde el único baremo es el éxito contable. En España, en particular, nada tiene más éxito que el éxito. Como dice un amigo mío, en las playas españolas una gaviota echa a volar y la siguen las demás sin preguntar por qué. Así funciona un poco el público en la era de la red social. Se dicta lo que hay que ver, se invisibiliza el resto. Como todos queremos sentirnos acogidos en la mayoría, viramos a favor del viento. La mayor perversidad en la democracia consiste en decir que el que gana por votos puede imponer su voluntad sobre los derrotados. Pero es justo al contrario. La democracia consiste en que el que pierde en las elecciones no pierde por ello ni su dignidad ni su voto ni su presencia ni su derecho a un respeto institucional.

Con las plataformas audiovisuales sucede que tienen tal músculo propagandístico que han convertido todo el producto que emiten en suculento. No permiten baremos distintos al de su publicidad atosigante, ni tan siquiera toleran los datos de audiencia, que ocultan como la Coca-Cola su fórmula. Lo único que sabemos es que todo lo que tocan es oro. Y así lo aceptamos. La última desmesura en esta dirección completamente acrítica ha tenido que ver con la recepción de Roma, la película de Alfonso Cuarón. Producida por Netflix, ha logrado el consenso crítico, un premio en Venecia y la vitola de película del año. Se lo merece. Es una extensión estupenda del universo que tantas veces retrató el maestro Arturo Ripstein, elaborado aquí sin excesos de sordidez y, por tanto, consumible por un público que acoge la película con emoción compartida. Si tuviera que ponerle un solo defecto, diría que rodar en blanco y negro es una cobardía, pues en color todo es mucho más cercano y realista, y el blanco y negro te permite inducir una calidad estética que la vida no posee. Como le pasó a Martin Scorsese cuando comenzaba a rodar Toro Salvaje en color, cambiar a blanco y negro le permitió poetizar, estilizar, distanciar lo real para goce del ojo.

Pero más allá de la enorme calidad de la película, se habrán dado cuenta de que todo el rato se habla del triunfo de Netflix. Se presume que puede ganar el Oscar después de que el Festival de Cannes la dejara fuera de su competición porque no se iba a estrenar en salas. Finalmente llegó con gran éxito a salas disidentes y la película se ha hecho con un sitio principal en el cine. No fue un error exigir el estreno en cines de la película, sino un acierto. Por eso, concederle a Netflix todo el mérito de esta victoria es una trampa propagandística. Para empezar, cada año que se entrega el Oscar, a nadie le importa un carajo si la película es de Universal o de Sony, de Warner o de Paramount. Sencillamente conceden ese honor al director y su equipo. Si uno mira la producción de películas de Netflix, verá que Roma es más excepción que regla. Es Cuarón quien ha sabido utilizar los fondos de la plataforma para volar libre, sin ataduras, hacer la película que quería. Casi nada de lo producido por esa plataforma roza esa categoría. Es pues el triunfo particular de un artista. No exageremos la responsabilidad de la marca solo porque nos lo imponen los medios que reciben una inyección publicitaria jugosa y tratan con mimo a esas marcas molonas. Celebremos Roma, pero no perdamos de vista que, como en tantas otras películas, ha sido el talento de su autor y su universo íntimo el que ha conseguido el milagro. Eso sí es único. Las empresas que lo financian pueden celebrarlo, pero no adueñarse de ello