Berlusconi 3000

Palabrería

Chasis. El heterogéneo grupo de investigadores, con biólogos, ingenieros y expertos en inteligencia artificial, estaba preocupado: se habían comprometido a tener el Berlusconi 3000 a punto para la campaña de las elecciones europeas. El cuerpo original sobre el que se atareaban era de 1936, pero había sido sometido a tantos retoques y estiramientos que existía un desacuerdo entre dentro y fuera: el chasis correspondía a un sexagenario y el motor, a un nonagenario. Eso originaba más contratiempos de lo previsto, con un exagerado recambio de piezas. Decenas de años participando en juergas excesivas le habían dejado el hígado y los riñones machados como ajos en un almirez. Los antiguos cirujanos habían trabajado la piel y descuidado los órganos ocultos. El aspecto exterior era grotesco, con una epidermis perfecta para los redobles de un batería heavy y el cabello teñido con tinta china, tan bien delineado que se asemejaba a un tapón.

Fraude. El objetivo de Berlusconi era vivir mil años para seguir mareando la política italiana hasta el fin de los días. El proceso de recambio comenzó cuando la justicia lo condenó primero por fraude fiscal y, después, por corrupción. El desaparecer de la corrosiva realidad, que lo iba desfigurando, facilitaba la discreta transformación. Ingresado en aquellos laboratorios, le aplicaban una tecnología del futuro que aún no había sido descrita por los narradores de ciencia ficción.

Telescópico. Entre intervención e intervención, discutía con sus asesores cómo presentarse, qué estrategia seguir en el renacimiento. Los cambios eran profundos y sorprendentes, con la sustitución de parte de la materia orgánica por chips y acero. En el primer encuentro ya dejó claro a los científicos que si bien nunca había tenido quejas de su miembro viril, la vejez, la dependencia de las pastillas y un uso continuado, y a menudo, inapropiado, obligaban a una profunda modificación para seguir manteniendo en alto uno de los signos de identidad. Lo sustituyeron por un mástil telescópico, que al desplegarse enarbolaba una bandera. ¡Le encantó el toque patriótico! Quiso cambiarse el nombre por el de Rabocop, pero los asesores se lo desaconsejaron por obsceno. A todos les pareció mejor Berlusconi 3000 por el futurismo que anunciaba.

Embalsamar. Durante la convalecencia, le indignaba ver a sus adversarios políticos en la tele (le instalaron un minitelevisor en el brazo robótico para estar siempre conectado a los programas de Mediaset, conglomerado mediático de su propiedad). La antinatural alianza de los ultraderechistas de la Liga Norte (¡traicionado por sus queridos socios!) con los antisistema del Movimiento Cinco Estrellas le urticaban la piel, aunque tal vez la hinchazón y el enrojecimiento se debían a los líquidos de embalsamar que le inyectaban para garantizar la eternidad. Los llamaba ‘populistas’, rabioso de que le hubieran hurtado su concepto porque gracias a esa desvergüenza había ganado en el pasado unas elecciones tras otras. Se presentaba al Parlamento Europeo para combatir los populismos, había declarado, porque el único que podía alzar el estandarte del calificativo era él. Lo que quería decir era: atacaré todo populismo que no sea el mío. ¿Acaso una de las coaliciones que inventó no se llamaba El Pueblo de la Libertad? ¡Tendría que haber registrado ‘pueblo’, ‘popular’ y ‘populismo’ para cobrar por su uso!

Oruga. Trasladar el Berlusconi 3000 hasta el lugar del mitin requirió de un vehículo pesado: los ingenieros desconfiaban de la fiabilidad de las orugas de tanque con las que lo habían dotado. Colocarlo en el atril precisó de una grúa. Cuando consiguieron asentarlo se reveló su ser: una
mezcla de Terminator, Hombre de Hierro y Johnny 5, el robot de la película Cortocircuito. Solo la cabeza –recubierta por la piel de tambor– y el cabello al carbón recordaban al que una vez fue Il Cavaliere. Resignado a un porvenir cibernético encerrado en la prisión de metal, se consoló pensando en fiestas y orgías con abundante aceite de motor.