Gracias a Pablo Ibar

Artículos de ocasión

Todo el mundo conoce el caso de Pablo Ibar. En España se han grabado documentales, se han escrito libros y se preparan series sobre su peripecia. Su condena a muerte en Estados Unidos y la repetición de su juicio tras veinticuatro años en el ‘corredor de la muerte’ generaron una corriente de solidaridad inédita con acusados de asesinato. Las dudas sobre el sistema judicial norteamericano crecen. Conocemos la representación de sus procesos, el grado de importancia que tiene el dinero a la hora de determinar la culpabilidad o la inocencia del encausado. En un mundo tan capitalista no puede obviarse que los recursos económicos también garantizan la tolerancia del sistema hacia el crimen. Los pobres soportan el peso de la ley en toda su gravedad, los ricos acceden al garantismo por vía de hábiles abogados. La condena a muerte de un español en Florida moviliza a una sociedad que aún no cree en que asesinar a alguien sea la medida más eficaz para combatir el crimen. Aquí sabemos que allá donde las penas son más duras también los crímenes aumentan. Y allá donde el Estado aplica la pena de muerte los asesinatos crecen a modo de espejo.

Sin embargo, para sorpresa de todos, la revisión del juicio de Pablo Ibar terminó con un nuevo veredicto de culpabilidad. Se nos había informado de la cantidad de elementos dudosos que habían conformado la acusación de asesinato, así que nadie esperaba que el proceso terminara en un sitio similar al que estaba. El jurado estaba compuesto, como obliga la ley federal, por personas favorables a la pena de muerte y aún tienen que dictar la pena exigida. La cercanía emocional con el acusado ha servido para que muchos españoles tomen conciencia de lo que significa la justicia. A través de las series de televisión y la información periodística nos hemos ido fabricando una estúpida conclusión sobre el crimen. Creemos que responde a actos de inteligencia, audacia, atrevimiento. Y no es así, el crimen es siempre la reacción del fracasado, del incapaz. El criminal no es un triunfador, sino un perdedor. No es fácil pedir piedad para quienes cometen crímenes horrendos, pero sí sería posible evidenciar su vacío. Un vacío que algunos pretenden llenar con ficciones.

Es posible que algunos, como los jurados de Florida, sigan pensando que Pablo Ibar fue culpable de los asesinatos que lo han llevado al ‘corredor de la muerte’. Sin embargo, la gran mayoría de los españoles le hemos visto en entrevistas, reportajes y apreciamos el esfuerzo de sus familiares por lograr su redención. Sea quien fuera en su día, tras 24 años de encarcelamiento es una persona distinta, lo percibimos como alguien ganado para la sociedad. Ahí residiría el sentido de la justicia si nos paráramos a integrar también al culpable en nuestra comunidad humana. Pero corremos a apartarlo, a sentir que un criminal no es como nosotros, no pertenece a la familia, al pueblo, al país, al vínculo en el que nos sentimos reconocidos. Esta autoprotección nos lleva a despreciar que el paso por la cárcel sirva para recuperar a personas, tan solo nos consuela su modalidad de castigo. Por ello, es normal que día tras día pretendamos que los castigos aumenten, que las penas sean más largas y más duras. Si además lo jalonamos con algún crimen tremendo bien narrado en todo su detalle morboso, nos urge sentir que nos vengamos con reciprocidad.

Ahí es donde Pablo Ibar ha significado algo importante para nosotros. Es un compatriota en tierras lejanas a quien vemos pelear contra un sistema rocoso, que no quiere reconocer un error o la posibilidad de ese error, porque eso lo debilitaría. Cómo se libera a un preso encerrado por error o cuando años después se reconoce que fue ajusticiado en silla eléctrica un inocente, esas noticias carecen de potencia suficiente para derribar un modelo de moral que coloca la pena de muerte en la cúspide de su organización social. Pablo nos acerca a las posibilidades de cambio, de reinserción, pero es una lástima que solo sea por la certeza de su inocencia. Incluso si fuera culpable, carece de sentido enjaularlo de por vida o asesinarlo por orden gubernativa. La justicia trata de personas. He ahí el mensaje que Pablo Ibar nos ha venido a acercar. Ojalá tenga suerte.

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