Inconvenientes de tener un mal socio

Artículos de ocasión

Mi padre siempre repetía un refrán caduco que me hacía reír: «quien en el casar acierta en nada yerra». Supongo que la fortuna le había sonreído de tal manera cuando se emparejó con mi madre que recordarnos aquello le parecía la mejor lección de vida. Casarse es algo horrible, porque liga el amor a la sociedad inmobiliaria. Pero es comprensible que las personas que se consideran cómplices emprendan una alianza juntos. En los negocios, no anda muy lejos del sacramento matrimonial el que monta una sociedad con amigos o familiares. Por desgracia, hemos visto muchos casos de hijos y hermanos que se destruyen en la lucha por el poder empresarial. También conozco a gente con talento que eligió a los inversores erróneos y al de hoy lucha por recuperar su firma para poder ser él mismo de nuevo. Elegir a tu socio es un ejercicio de riesgo, que nadie dejaría en manos de un impulso, del azar o del oportunismo. Elegir a un socio es emprender un camino con alguien, una especie de cordada de montaña donde si a mitad de pared en la escalada te traicionan ya te puedes dar por muerto. Entre los países también hay muchos ejemplos de sociedades, de uniones, de ententes colectivas. Son fundamentales. Quien teje una buena alianza hace más por su país que todos los inflamados berracos que agitan banderas propias.

Los españoles conocemos bien el asunto. Seguimos un poco asombrados de que tantos países que envidiamos de Europa como Francia, Italia o Reino Unido contengan entre sus ciudadanos a tantos convencidos de que la Unión Europea es una rémora. Nosotros sabemos la cantidad de leyes y normativas que nos hicieron crecer desde el atraso. Cuando surge un conflicto, anhelamos que la solución venga de la justicia europea, porque nos da confianza y garantías, más aún que las instituciones locales. Por supuesto que no olvidamos las reconversiones industriales y agrarias que nos obligaron a sacrificar modos de vida. En ese equilibrio sano hubiera estado la sagacidad de los mandatarios comunitarios, pero seguramente en muchos momentos les cegó la avaricia, el cortoplacismo. Al día de hoy, demasiados países entonan el canto de regreso a la patria chica y quienes lo hacen no son ni locos ni fascistas, solo personas que se sienten perjudicadas por la asociación. Pero que no se engañen demasiado. Dejar de ser un socio fiable es el peor de los venenos. Dar bandazos en la presentación de sus presupuestos a los supervisores europeos y generar un discurso simplón frente a la inmigración parece ser el berrinche habitual que conduce a ser un socio poco de fiar. Propagar los levantamientos populares contra medidas de transición ecológica perjudica a todo el entorno, porque el cambio climático es un enemigo mucho más perverso que la crisis financiera.

Hace poco el Gobierno de Estados Unidos respondió a España con una declaración sintomática. Se habían comprometido a emprender la limpieza de las arenas de la playa de Palomares, como recuerdan, contaminada por un accidente de armas atómicas en 1966. Cincuenta años después, el Gobierno de Obama decretó una partida presupuestaria para restañar heridas. Pues la autoridad competente bajo el mandato de Trump parece ser que ha contestado que nos olvidemos del asunto, que no van a cumplir con el compromiso. Esto es exactamente el modelo de socio incumplidor al que nos enfrentamos con el ascenso de esos populismos nacionalistas en cada país. Puede que resulte muy simpático como ciudadano que tus líderes políticos te insistan en que tu nación será la primera en todo, que solo mirarán por tus intereses. Pero esto es repugnante como moral social. Porque dejas detrás un rastro de socios traicionados, de amigos abandonados a su suerte que ningún país podrá permitirse en el largo plazo sin afectar a su seguridad, a su comercio, a su medioambiente y a su convivencia fronteriza. En Palomares, los humillados somos nosotros, los españoles. Pero me temo que esta sinvergonzonería se está convirtiendo en la norma del liderazgo mediocre que nos rodea. Saber ser socio, cómplice, amigo es costoso, pero sale a cuenta. El que en el casar acierta en nada yerra.