Hombres de negro

Palabrería

Hollín. En la estancia en penumbra, de una intimidante austeridad, la mesa de roble, grande y rectangular, con las patas acabadas en garras, como si quisieran arañar la alfombra que camuflaba el polvo y los secretos. El león llevaba quieto tanto tiempo en el mismo lugar que el color caoba había ido oscureciéndose, perdiendo fiereza y brillo. La luz adormecida entraba en la enorme sala por los ventanales superiores, difíciles de limpiar por su altura. Los cristales sucios proyectaban una iluminación con filtro. Un crucifijo descomunal, una chimenea con las paredes frías y tintadas de hollín, una calefacción central ineficaz y un óleo solemne y oscuro, tétrico, necesitado de una restauración. El suelo antiguo de madera crujía, denunciando los movimientos.

Prehistoria. En torno a la mesa, sentados en pesadas sillas de madera, los hombres de negro, cuervos con las alas de las chaquetas plegadas, las caras picudas y las pieles del color de los frutos secos revenidos. Entre todos concentraban más años que la sala de prehistoria de un museo.

Anónimo. Se reunían cada pocos meses para analizar el estado de la organización, mirar las cuentas, decidir inversiones, apartar los obstáculos. Uno de los principales problemas era la renovación. No encontraban quien los sustituyera. A los jóvenes apenas les interesaba el venerable negocio, que se basaba en la influencia y en las propiedades inmobiliarias. Tenían gran parte del capital inmovilizado en obras de arte –pinturas y esculturas de maestros antiguos–, edificios históricos, viejos tesoros de oro y plata. Aún contaban con dinero fresco y anónimo, aunque los ingresos directos se habían ido secando, pozos en el desierto.

Fascismo. Uno de los lamentos recurrentes era la pérdida de poder. Se trataba de una corporación vetusta. En el pasado habían influido en los amos del mundo, susurrándoles al oído y amenazándolos con castigos eternos de no obedecer. En épocas más recientes se habían aliado con el fascismo con la excusa de salvaguardar el orden del mundo, avalando genocidios. Aceptaban que algunos seguidores estuvieran involucrados en actividades ilícitas, como el tráfico de bebés, arrancados de las manos de madres poco capacitadas, según su opinión, para entregarlos a padres ejemplares. Se habían inmiscuido en las vidas de miles de familias, pudriéndoles la intimidad, ordenando sus modos de proceder. Perseguían la homosexsualidad por considerarla una forma de perversión. Nunca habían tenido respeto por las mujeres, reducidas a criadas y sumisas. Y todo por seguir manteniendo los privilegios, los suyos y los de los partidarios elegidos y cómplices, y un orden que los favorecía.

Cosmética. Amenazados por los cambios sociales, habían cedido en muy poco, o nada, con una cosmética sutil con la que enmascaraban actos y pensamientos. Lo más reciente era haber tolerado que muchos de sus soldados –¡cientos!– hubieran violado a menores de edad –¡miles! ¡100.000!, decían algunas fuentes–. Sucedía en instituciones de su propiedad, donde los abusos fluían como el agua corriente. Durante décadas, el comité de cuervos había llegado a acuerdos con los poderes del Estado para taponar la hemorragia, aunque había tanta sangre, pus e infección que no había algodón
que la parase. Se regocijaban con que otras asociaciones cuyos miembros también estaban involucrados en crímenes fueran perseguidas por la policía, mientras que ellos seguían a salvo. Debatían, precisamente, una estrategia para que las fechorías de sus colegas no afectaran a la entidad. ¿Llegar a acuerdos con los denunciantes para aplicar la tan rentable omertá?

Anillo. Dada la avanzada edad de la junta, acordaron continuar la reunión sobre los pederastas la siguiente semana. Antes de irse, cada hombre de negro fue a presentar sus respetos al padre. Besaron el anillo con una piedra preciosa gigantesca, único destello entre los oscuros ropajes. Cuando se quedó solo en el palacio episcopal, monseñor rezó por la salvación de las almas, en especial, de la suya.