Vestir la toga y volar

Palabrería

Clavícula. Cuando cubría su cuerpo, humano, ordinario y averiado, con la toga sentía la potencia de Superman, un ser de otro mundo. Se enfundaba el vestido negro de tergal y notaba cómo le atravesaba el poder –¡un latigazo, un electroshock, un rayo!– desde la clavícula hasta treinta centímetros antes del suelo, que era el largo del ropón recomendado por el protocolo.

Zancada. «Cuervo, buitre, pajarraco», le decían en voz baja mientras cruzaba a grandes zancadas los pasillos del palacio de justicia, con los pliegues de la toga alborotados. A diferencia de la de Superman, su capa era de vuelo corto. «¿Es un pájaro, es un avión? No. Es el presidente del tribunal», se decía a sí mismo.

Anodino. Cuando se despojaba del vestuario que simbolizaba su profesión, también desvestía el estado de ánimo y volvía a ser un hombre anodino, dominado, incapaz de hacer valer su autoridad. Qué diferencia a cuando entraba en la imponente sala donde la historia había sido construida a golpe de mazo y se le cuadraba hasta la araña en la lejanía del artesonado. En aquellas estancias era más que Dios: era el hombre que juzgaba a Dios.

Gacela. No tenía brazos de acero ni mirada láser, pero podía fulminar a cualquiera con el código penal. Qué miedo daba. Cómo temblaban la secretaria y el secretario judicial y el ujier y el policía, y el acusado, que se derretía como la mantequilla en la sartén. Representaba a uno de los poderes del Estado, pero con supremacía sobre los miembros del legislativo y que ponía en guardia a los del ejecutivo. Aquel juez pertenecía a la estirpe antigua y mortífera de los predadores a los que había que acercarse con el sigilo de la gacela. Este Clark Kent de baratillo no podía comprender la radical ruptura entre sus dos vidas, la oficial y la civil, y cómo alguien a quien trataban de Excelencia tenía que hacer cola en la caja del supermercado.

Terapia. Dispuesto a borrar la línea continua entre Clark Kent y Superman, el magistrado decidió marcharse del trabajo con la toga puesta, lo que también le servía de terapia de crecimiento. Abochornado por la debilidad cuando vestía de calle, se impuso ser el intocable del juzgado las 24 horas del día gracias a la simbología del trapo. En el ascensor, cuando un vecino le daba los «buenos días», contestaba con la hostilidad del árbitro: «En todo caso será: ‘Buenos días, Usía’».

Raso. En la calle lo miraban como si se tratara de una reencarnación del cobrador del frac, un actor pobretón sin derecho a camerino o una estatua en dirección al trabajo. Ejercía la potestad en cualquier momento, incluso al cruzar un semáforo en rojo, obligando a los coches a detenerse ante el paso de su Señoría. Con el uniforme de luto, a excepción del blanco de la vuelta de raso en las mangas, se presentaba en el mercado con la exigencia de ser atendido el primero, acusando de desacato a los que lo desafiaban. Un juez, decía, lo era siempre, incluso en la intimidad, negándose a destogarse en los actos sexuales. Solo se arrepentía de no haber tomado la antidepresiva decisión muchos años atrás.

Puñeta. No entendió por qué la policía lo detuvo ni por qué no lo respetaron cuando dijo quién era y cuál su cargo. No entendió que lo suspendieran de sus funciones. No entendió que se lo juzgara y se lo apartara de la plaza. Y todo porque una mañana se puso la toga con puñetas, medallas, insignias y condecoraciones y entró en un banco y exigió una cantidad de dinero (razonable, en su opinión) para comprarse un descapotable y ante la negativa telefoneó a la policía para que detuviera a los insubordinados y los llevara a su tribunal para ser juzgados con la severidad que merecía la afrenta. La confusión sobre la identidad del magistrado duró largo rato, con los agentes dudando de si tenían ante sí a un perturbado, a un atracador disfrazado o a un juez hipertrofiado.