La ciudad es el zoo

Palabrería

Lisérgico. Tras debates con garras y colmillos, y revuelo de plumas y pelos, los gobernantes
–apremiados por los animalistas– habían tomado una decisión: acabar con el zoo cerrando el grifo de la reproducción y permitiendo aparearse solo a 11 especies de gran importancia naturalista, pero insignificantes a ojos de los visitantes. Sin desmerecer al sapillo balear o a la espátula común –qué decir del martinete–, el público, compuesto en su mayoría por padres jóvenes e hijos impresionables, entraba en el recinto para maravillarse con los seres extraordinarios que los pequeños habían visto en las láminas de los libros –aún no les interesaba la sangrienta verdad de los documentales– y como protagonistas de juegos, impresos en dados gigantes o en puzles, hechos de plástico, de resina o con el improbable aspecto de los peluches. Fabricados por adultos, los juguetes emitían algo lisérgico: hipopótamos azules, elefantes rosas o chimpancés que hablaban con la locuacidad de los humanos.

Inocencia. Los niños los dibujaban con deliciosa impericia y probada inocencia, folios arrugados –doblegados por el esfuerzo físico que ejercían los miniartistas– que los padres guardaban como si se tratara de originales de Leonardo da Vinci. La visita al parque servía para certificar su existencia. De la torpe aproximación a lo real a la rotunda sustantividad. Hasta el momento del encuentro, aquellos seres vivos habían demostrado una inconsistencia de producto artificial, una circunstancia que cambiaba rápida y magníficamente.

Celibato. El rosa del elefante era de una grandeza gris manchada con barro, de trompa y patas bamboleantes. El azul del hipopótamo era un plomizo montículo entre aguas descompuestas, y el repentino bufido de un cabezón con orejitas. La charlatanería del chimpancé era un silencio vocal y el alboroto de extremidades y ramas. Al otro lado de la valla, el lobo recorría el mismo sendero una y otra vez con la mirada amarilla. En el foso, el tigre era una alfombra musculosa y una dentadura que no se veía pero que se temía. Las focas y el baño de las campeonas, la pantera negra y la elástica invisibilidad en el follaje, el pelaje de acero de las capibaras, el tablero distorsionado en la piel del jaguar, el cuello sin medida de la jirafa y, así, cientos de animales privados de relaciones sexuales hasta la extinción del más viejo, o la más vieja. Además de libertad, ¿era compasivo privarlos de compañía o de sexo? Los animalistas tenían que ser convincentes sobre las ventajas del celibato.

Dubitativo. Los zoológicos modernos habían pasado de ser casas de exhibición de fieras a espacios para el estudio, la conservación, la cría y la reintroducción en sus hábitats de especies amenazadas. Y esos extendidos y variados programas iban a desaparecer en beneficio del tritón, el alcaudín y el galápago leproso. El plan secreto que desconocían los ciudadanos –y los miles de padres aterrados cuando sus hijos escapaban para seguir el andar dubitativo de los pingüinos– era meter la ciudad en el zoo, a la inversa de la idea sobre la que fue fundado.

Trapichear. Un día, sin ningún aviso, las jaulas fueron abiertas y sus habitantes, liberados. Los hipopótamos colonizaron el río Llobregat y los cocodrilos, el Besòs, para susto de los muchos ciclistas y paseantes que hasta entonces habían recorrido las orillas seguros de llegar a casa con las dos piernas. Los grandes carnívoros asaltaron las carnicerías, acostumbrados a la carne
despellejada, sin memoria ya para atacar, y pelar, a los humanos.
Las hienas fueron los mejores espectadores de los monologuistas en los teatros. A los camellos se los vio trapichear por las esquinas. Uno de los hijos de Copito se hizo fuerte
en lo alto de la Torre Agbar y su imagen feroz y desafiante pasó a ser el nuevo símbolo de la ciudad de Barcelona, salvaje y animalizada, más que animalista.