Supercívico

Palabrería

Síncope. Cuando Supercívico salta, el hombre con el chucho casi se muere del susto. De forma automática se toca el corazón –y suena como el bombo de una banda de pueblo en el momento culminante del pasodoble– mientras el perrillo ladra con la peligrosa y desafiante histeria de una rata. «Atrás, malvado», dice Supercívico plantado ante el hombre con el síncope, mientras alza una mano enguantada y con el otro brazo en jarras, con una pose muy estudiada ante el espejo. Es de noche en una calle cualquiera de un barrio céntrico y Supercívico patrulla con el patinete en busca de infractores de las ordenanzas municipales. Lleva algunos meses con la voluntariosa tarea de acabar con el incivismo de los conciudadanos, que algunos considerarían un género menor y cuyos actos son para él la antesala del mal. Se comienza por tirar un papel, sostiene, y se sigue con el cóctel molotov y la kale borroka.

Terapéutico. El disfraz de Supercívico es sostenible y reciclable, hecho con bolsas de basura ecológicas, que resisten menos que las convencionales, lo que lo obliga a una permanente reposición y a plantearse si es realmente un traje sostenible y reciclable. En la cabeza, una bolsa de supermercado, colocado a la manera de las señoras mayores que improvisan una protección para la lluvia repentina. La capa es de plástico de burbujas, ese entretenimiento terapéutico para los que no pueden pagarse un psicólogo. Guantes de fregar verdes y botas de lluvia de color hueso. Tremebundo aspecto, pero demostrativo y responsable, coherente con el tipo de residuos que encuentra a diario. No es de extrañar que el paseador del can ratonero esté aturullado por el saco gigante que da saltitos.

Introito. Supercívico lo obliga a recoger las mierdecillas. El hombre protesta diciendo que no son suyas –de su mascota– y levanta la bolsita azul que demuestra la inocencia. «Acepta tu responsabilidad, sinvergüenza», y le golpea la espalda con un plumero para el polvo, que no le hace daño pero que le deja un rastro blanquecino en la chaqueta. Por miedo a que sea un enajenado peligroso, el hombre obedece. Supercívico se marcha satisfecho sobre el patinete, silbando una melodía que ha inventado y que le sirve de introito y de despedida.

Apostolado. Consciente de su poca fortaleza física, aunque con grandes músculos morales, elige bien a quién detener. Al principio del apostolado se enfrentó a una pandilla de chavales que, sentados en un banco, fumaban y comían cacahuetes y tiraban cáscaras y colillas. Lo llamaron «tarado» y «espantajo» y lo obligaron a comer aquellos restos desperdigados, aunque pudo escapar a tiempo, casi desnudo, dejando tras de sí retales plásticos que no se atrevió a recoger y por los que se maldijo días y días.

Maniobra. Lo intimidan los grafiteros y los que mean en la calle, los que rompen el mobiliario público y los que roban las plantas de los jardines. Planea bien cada maniobra: le encanta llamar la atención a los que se saltan las colas en los puestos del mercado. Atiza los hombros con el plumero y amonesta al caradura con desigual éxito: algunos se retiran humillados; otros se le encaran, lo que lo apremia a la evasión con el patinete al hombro para facilitar la huida y sin el triunfal silbido.

Demediado. Supercívico no opone resistencia cuando una brigada municipal comienza a vaciar su piso tras las repetidas denuncias de los vecinos, quejosos por el nauseabundo olor y la amenaza de derrumbe. En la comunidad le atribuyen un síndrome de Diógenes que nadie le ha diagnosticado. Toneladas de diarios viejos, libros para llenar varias bibliotecas, muebles de contenedor, bicicletas sin ruedas y ruedas sin bicicleta, botellas de vino vacías, muñecos descabezados, vajillas incompletas e inconexas, bolsas reventadas con interiores momificados, suficientes cachivaches demediados para abastecer un bazar de la miseria. ¿Qué querían que hiciera? Él ha tenido que suplir a los servicios públicos, liberando el espacio común de las porquerías que arrojan los irresponsables. No ha tenido más remedio que llevárselas a casa y cumplir con el sagrado deber cívico.