El partido de los lunes

Artículos de ocasión

Hace años que llama la atención el limbo legal en el que habita el fútbol. Considerados dioses por los ciudadanos de a pie, los jugadores son jaleados hasta cuando declaran por fraude fiscal. En las pocas ocasiones en que se han analizado partidos amañados en las categorías principales, y pese a ser concluyente que se han comprado voluntades, casi nunca se castiga ni se cursa multa ejemplarizante. Ha sucedido también con escándalos de sobornos para lograr designaciones de sedes mundialistas y tejemanejes en las altas instancias federativas. Se alcanzan dimisiones, pero un negro manto cubre las verdades. No acaba de consolidarse una idea sólida sobre si se trata de una estructura al margen de la realidad, ya que el fútbol se percibe como un teatro de los sueños y nadie quiere machacar sus fantasías idealizadas, o se trata de una impunidad delincuencial. La última de las dimensiones de este enigma sucedió hace unas pocas semanas. El pasado 11 de febrero, las gradas del estadio de Mendizorroza en Vitoria estuvieron durante cinco minutos completamente vacías mientras arrancaba el partido de Liga. El público protestaba con esta imaginativa acción por algo ya impuesto en nuestras rutinas, el partido de los lunes.

El partido de los lunes es una anomalía. Incluso su mera enunciación ya es casi un oxímoron. Partido y lunes no pueden asociarse. Porque los lunes son la chapa, la sumisión, el triunfo de lo laborable sobre lo lúdico. Y un partido de fútbol ha de ser una fiesta social o al menos una espita de desahogo para la gente abrumada. El partido de los lunes es un invento ágil para recaudar más dinero por las retransmisiones. Los aficionados protestaron con este acto y el club ha sido multado por una de esas normas particulares del fútbol que vienen más o menos a resumirse del siguiente modo: será penado todo aquello que vaya en detrimento del negocio. Los aficionados reclaman que jugar ese día es una condena para los equipos. Pero bien es cierto que los clubes manejan un dinero cuyo origen, casi en exclusiva, proviene de la venta televisiva, así que mejor callar y aceptar la multa que renunciar a un pellizco de su presupuesto anual.

Lo más chusco de esa jornada de protesta fue que también resultaron multados tres fotógrafos profesionales. La Liga les impuso mil euros de sanción por sacar fotos de esas gradas vacías. Lo hicieron desde los lugares estratégicos donde la toma era más elocuente. Vamos, que cumplieron con su trabajo de fotógrafo de prensa, y por eso eran castigados. No hubo reivindicaciones sindicales ni de un sector tan corporativista como la prensa. Al parecer, cuentan que las sanciones se han congelado para no armar ruido. Porque otra regla no escrita del complejo mundo del fútbol es que todo se puede olvidar si el jaleo perjudica al negocio. Viven así en contradicción las reglas estrictas frente al cacareo de la gallina de los huevos de oro. Esa sentencia que dicta que lo que pasa en el fútbol se queda en el fútbol parece incluir también a los despachos. Ya quisieran para sí esto otros sectores económicos cuando hasta la banca ha tenido que pasar por los juzgados a dar explicaciones de algunos de sus desmanes.

El fútbol es diferente. En Inglaterra, la cuna de nacimiento de este deporte, no ha habido sindicato de jugadores que haya podido evitar la sobrecarga de partidos y el abusivo trato a los profesionales durante las vacaciones de Navidad. Ahí siguen jugando en año nuevo y en Nochebuena como si el calendario laboral no fuera con ellos. La explicación para algo así consiste en decir que los futbolistas son profesionales del domingo, trabajan cuando todos descansan. Y parece lógico. Por eso, el partido del lunes y el partido del viernes son elementos disruptivos que aún no acaban de cobrar sentido y que resultan incompatibles con la idea anterior. Estamos a tiempo de pelear contra ellos, de repudiar lo que vienen a significar, ese trato demoledor contra la sociedad a la que se atonta con fútbol y más fútbol a toda hora. Daño también contra el aficionado sincero como el que se manifestó en Vitoria ante la sobreexplotación de la vaca gorda. Pero quizá nuestro vacío no tolera el vacío de fútbol ni un solo minuto.