Felicísimos

Palabrería

Disidencia. En cada cita, los clandestinos cambiaban de punto de encuentro, temerosos de la ferocidad represiva de los cuerpos de seguridad. Atascados en la discusión teórica y las trampas de la psicología social, habían acordado en la última convocatoria pasar a la acción. No podía decirse que fuera un colectivo numeroso, pero compensaba la escasez de voluntarios con la firmeza del credo y la obstinación de cambiar las cosas. ¿Qué temía el régimen según las hipótesis que manejaban? Que la población supiera de su existencia. Que se mostraran crudamente a la luz pública. En el país, la felicidad era obligatoria y ellos defendían la disidencia de la tristeza. El derecho a chupar limones en lugar de piruletas.

Estreñimiento. Todo había comenzado con las buenas intenciones de un Estado que se consideraba modélico y de un jefe de Gobierno listillo. La economía funcionaba sin estreñimiento, con la regularidad de un estómago alimentado con cereales integrales, de manera que, buscando situarse a la cabeza de los países similares, el jefe del Ejecutivo puso en marcha el Ministerio de la Felicidad, llamado primero el Ministerio de la Risa y desechado el término de inmediato al parecer poco serio. Los predecesores en el cargo habían plantado y regado el sufragio, la educación y la sanidad universales, y el bocadillo de lomo gratuito a media mañana, así que a él le quedaba poco margen para pasar a la Historia.

Prosperidad. Satisfechas las necesidades básicas, y algún extra, ¿cómo entusiasmar a los ciudadanos y garantizar el voto? ¡Promoviendo la dicha! Para ese menester, había creado un organismo que velara por el cumplimiento del programa electoral y facilitara que el mayor número de personas abrazara la prosperidad con sentido. Porque lo sustancial para ser feliz era tener conciencia de serlo. Ser feliz sin conocimiento invalidaba la acción benéfica. ¿Acaso las hienas estaban contentas por más que sonrieran?

Cenizo. Pronto, el Ministerio de la Felicidad se convirtió en el centro de la actividad política. Entre otras campañas, promovió que el saludo común fuera una pregunta: «¿Eres feliz?», a lo que respondían afirmativamente los conciudadanos, que de inmediato comprendieron que para llegar a la situación idílica solo había que proponérselo. Los cenizos que contestaban que no pronto se rindieron, deseosos de alcanzar la placentera condición de los demás. Para los regazados por culpa de alguna deficiencia neurológica se diseñaron pastillas, que resultaron altamente efectivas. Se puso de moda que los padres llamaran Felicidad a sus hijas y que los brakets aumentaran de tamaño para levantar la comisura de los labios y formar así sonrisas herradas. Hubo un día en el que el jefe del Gobierno dictó, por decreto, que el país fuera cien por cien feliz. La policía detuvo a los que se negaban a aceptar la alegría legislada y los sometió a insoportables sesiones de tortura en las que sonaba de forma permanente Canta y sé feliz, de Peret.

Desdicha. Poco a poco, los rebeldes que seguían en libertad se agruparon en células, donde estaban satisfechos al revés, mostrando su padecimiento. Si querían ser infelices, ¿acaso no se encontraban en el lugar ideal, donde los agentes de la ley los hacían desdichados? De forma privada, el jefe del Gobierno también se atribuía ese éxito, pues daba a cada votante lo que necesitaba para tener una existencia plena.

Unicornio. Los desventurados aprovecharon el festival Felicísimos, que reunía cada año a millones de personas, para darse a conocer. Desalojaron a Al Bano y Romina Power del escenario principal, que repetían una y otra vez el tema Felicità, y exhortaron al público a ser desgraciados. Les correspondieron con unicornios de peluche, cojines bordados, nubes y gominolas. La policía se los llevó detenidos. Los inflaron a porrazos para que ellos también pudieran ser felices en su infortunio.