Penetrando en Xanadú

Artículos de ocasión

En un año que no ha sido demasiado bueno para la ficción televisiva, carente del gancho de épocas recientes, las formulaciones episódicas de casos criminales han adquirido la categoría de género. En la mayoría de los ejemplos son investigaciones algo alargadas y con fabricaciones de un suspense que hasta hace dos años nos remitían a programas sensacionalistas de crímenes y casos abiertos que se emitían para relleno de programación. Pero un signo del tiempo es que los géneros bastardos y desprestigiados han adquirido categoría de clásicos. Es normal. Así han arrancado todos los géneros populares, desde la novela negra, el culebrón pasando por la zarzuela, se revientan las costuras de lo vulgar para hacer entrar dentro el talento. No escapa de estas derivas la serie documental sobre los niños supuestamente abusados por Michael Jackson. En Leaving Neverland se rememora la atmósfera enfermiza de la pederastia del cantante, con el testimonio alargado y cadencioso de dos chicos que refieren los abusos sufridos. Los arreglos económicos por los que Jackson evitó los juicios fueron ya escándalo en su día, pero toda la sociedad aceptó que en los márgenes del dinero hay siempre un enorme grado de laxitud moral. Así que se pasó página y se respetó al monstruo porque enriquecía el zoo.

En mi película Casi 40 le hago decir al personaje de Lucía Jiménez la siguiente frase: «Cuando murió Michael Jackson, cambió el mundo». No siempre los personajes expresan las ideas del autor, como tontamente cree mucha gente. A un personaje hay que vestirlo de sus propias frases y sus propios pensamientos, ajenos a los del creador. En este caso fue así. Pero cuando escribí esta frase reflexioné mucho sobre lo que significaba para quienes han vivido en primera línea los cambios sociales de estos últimos veinte años. Incluso para los que no son fanáticos del cantante, Michael Jackson fue una innegable fuerza de la naturaleza que arrolló la música tal y como era conocida antes. La incorporación del baile, de la potencia audiovisual y de la mercadotenia salvaje cambió el negocio musical para siempre. Pero al mismo tiempo extendía la excentricidad inherente a los grandes mitos del espectáculo. Si Elvis había tocado el techo de la anormalidad existencial, Jackson protagonizó un relevo antológico. De niño abusado y explotado, prodigio hermoso de la canción soul prefabricada, pasó a ser un compositor consolidado y una estrella universal tras el lanzamiento de Thriller.

Lo que vino después es el paralelo desarrollo de su carrera musical con la consolidación de un personaje bizarro, entre hombre elefante y guiñol de cirujano plástico. Dentro de algunos años provocará estupor y asombro recordar que existió a la luz pública con su cambio de color, su aniñamiento mientras crecía, su errática colección de fobias y adquisiciones turulatas, su manejo de la tecnología reproductiva y la resurrección de los matrimonios de conveniencia. Ya sabíamos que respondía a los patrones de la pederastia clásica, con un enamoramiento de los niños que viajaba entre Lewis Carroll y Peter Pan hacia las orgías clásicas del tiempo de los griegos. Todo en el aroma viciado de Los Ángeles, porque Hollywood es un estado de la mente. Jackson se automarginó de la sociedad adulta y construyó una fantasía Disney que, presuntamente, incluía pornografía, chuches, fetichismo y sexo a la carta con niños. Si se confirman las acusaciones, estamos ante una de las estampas más completas de la fascinación pedófila.

Por supuesto que el día en que murió Michael Jackson cambió el mundo. Porque se terminaron las ensoñaciones y entramos en una era que desembocó en la purga de los excesos, la revisión de comportamientos íntimos en las esferas de poder y fama. Andamos aún en ello, tratando de encontrar acomodo a nuestra esfera privada en el rigor del escrutinio social. Michael Jackson fue el último icono de una época ya perdida. La historia de su sexualidad se corresponde con los abusos continuados en escuelas católicas, la violación sistemática de los débiles a manos de los poderosos y la fascinación general por el dinero y la fama. Correr a castigarlo ya muerto es también síntoma de nuestra confusión. Es un ejemplo prodigioso del tiempo que se nos fue, será siempre un símbolo, un icono agrio y la narración paralela de su demencia no es más que el esfuerzo por completar las dimensiones de su Xanadú, de nuestro Xanadú.

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