Fast Museum

Palabrería

Sinnúmero. Aquella pinacoteca era una referencia mundial, el orgullo de la capital, la honra del lugar. Conseguir reunir el sinnúmero de piezas solo estaba al alcance de las naciones que habían tenido imperios y que habían puesto la bota y la espada en cientos de territorios, pisoteándolos y rajándolos. De haberlas adquirido en su totalidad de una forma legal –¿cuántas creaciones formaban parte de los botines de guerra?–, el país se habría hipotecado durante varias generaciones: es muy probable que los actuales pobladores siguieran pagándolas.

Hermético. Lo primero que pensaba el visitante tenía que ver con lo ubérrimo y el latrocinio. ¿De dónde procedían los miles de cuadros, cómo habían llegado hasta allí, quiénes eran los propietarios originales? Y, lo más importante, ¿había facturas de las transacciones? Pudiera ser el Museo Británico y los frisos del Partenón el caso más claro y célebre del hurto con coartada cultural. ¿Con qué derecho los ingleses se negaban a devolver el patrimonio a los griegos? Después del brexit inminente, la operación de rescate sería más difícil que entender una discusión entre filósofos herméticos.

Sobreabundancia. Además, los óleos de la celebérrima pinacoteca tenían pedigrí. La cantidad de obras maestras que almacenaban podría haber alimentado cientos de pequeños museos locales. ¡Con uno solo de aquellos cuadros se justificaba la existencia de cada una de las galerías provinciales que se repartían por el territorio! Precisamente era la sobreabundancia de grandes éxitos un problema –bendito problema– porque unos anulaban a los otros. La suma de lo excepcional y de lo excepcional no daba nada superior.

Magisterio. Lo que pretendía la dirección del centro era distribuir a los visitantes por todas las salas e impedir que se amontonaran ante los hits de los pintores afamados. La soledad de unos espacios contrastaba con las multitudes que abarrotaban otros. Y no era que la calidad de lo mostrado fuera menor, sino que se trataba de autores desconocidos para el público general. No formaban parte del conocimiento popular, no aparecían en los libros de texto, la gente jamás había colgado en una pared de su casa una lámina que reprodujera el magisterio de los desconocidos.

Táctica. No siempre había sido así. Años atrás, cuando la pinacoteca agonizaba por falta de mantenimiento, las paredes desconchadas eran una forma de arte y la falta de luz arrojaba tristeza sobre lo exhibido, habían concentrado a los números uno en el mayor de los corredores para atraer a las masas. Entonces era posible ver lo mejor de lo mejor en un corto espacio de tiempo y casi sin dejar la línea recta. Después, el Estado invirtió millones en la recuperación del edificio y de los anexos y volvieron a distribuir los tesoros para evitar las aglomeraciones. A pesar de la prudencia, los turistas se apelotonaban ante un cuadro en concreto, poniéndolo en peligro, ya que entre la inocuidad y la catástrofe solo existía un sencillo cordón. Demasiadas facilidades para destrozar una obra maestra. A pesar de la supuesta táctica descentralizadora, los responsables del museo eran responsables de que los aficionados encontraran de inmediato a las estrellas: en los folletos que entregaban con las entradas se indicaban dónde estaban colgadas.

Guardamuebles. La nueva dirección encontró una solución para dar gusto a la clientela, garantizar la seguridad y aumentar los ingresos. Volvió a concentrar the best of the best en una galería gigantesca con aire clásico, esponjando las distancias entre marcos, reduciendo los miles de retratos y paisajes y estampas y Vírgenes y santos y batallas y escenas costumbristas y mitológicas a cincuenta. Solo cincuenta, ¿para qué más si la gente solo se interesaba por unos pocos? El resto fue desplazado a uno de los modernos guardamuebles que se reproducían como setas en las afueras de las ciudades. Bajo llave, los olvidados dejaron de tener una oportunidad. El resto de los metros cuadrados fue destinado a los suvenires y a los restaurantes de fast food, en una admirable coherencia entre cómo se digería lo expuesto y lo comido. Pasó a llamarse Fast Museum y fomentaba una forma de mirar de rápido consumo.