El rey sol

Artículos de ocasión

Escribo estas líneas durante la semana que precede al cambio de hora en los relojes. Vendrá la madrugada más triste del año, porque a las dos tenemos que adelantar los relojes a las tres y es imposible no pensar que nos están robando el valioso tiempo. Ese domingo de veintitrés horas nos resulta insoportable, pese a que a lo largo del año malgastamos nuestro tiempo de manera absurda. Pero no todo es tristeza en esa jornada del mes de marzo. Porque nos acordamos de que ese día se corresponde en simetría con la jornada más feliz del año, que tiene lugar en la madrugada de otro domingo en octubre. Es entonces cuando retrasamos los relojes y disfrutamos de un día de veinticinco horas. Cualquiera que haya estado enamorado sabe que ese regalo de una hora más se percibe como un obsequio particular, un guiño del destino para que extiendas tu memorable emoción. Amar todos los minutos del día resulta entonces insuficiente y solo esa añagaza horaria nos permite multiplicar el tiempo. Pero ahora vamos con la parte burocrática. Sin apenas enterarnos, la Unión Europea propuso una votación para suprimir el cambio horario. De los cuatro millones y medio de participantes, más de un ochenta por ciento optó por suprimir esas dos jornadas de adelanto y retraso del reloj. A partir de ahí, se puso en marcha el funcionamiento administrativo y estamos pendientes de las decisiones finales que tomarán los países miembros.

Por suerte, el resultado de la votación no era vinculante. Para empezar, de esos cuatro millones y medio de participantes, nada menos que tres millones eran alemanes. Es decir, que la representación del resto de los países de la Unión fue prácticamente inexistente. Otro referéndum fraudulento. La participación germana fue estimable, pero quedamos infrarrepresentados. A lo largo del último año hemos especulado con las diferentes opciones y en España, con buen criterio, se encargó a un comité de expertos que analice las ventajas y desventajas de suprimir el cambio de hora al que estamos habituados. Las votaciones populares no convocadas con claridad, tino y criterio provocan encrucijadas irresolubles. No es fácil dar con la solución ideal en este asunto y me temo que para España es aún más complicado que para otros países por su situación geográfica. Los españoles, habitualmente mal gobernados, nos guiamos desde hace siglos por la única autoridad a la que concedemos confianza: el sol. Para nosotros el sol no es solo la fuente de riqueza y confort, también es quien forja nuestro carácter. Nuestra pereza empresarial nos ha llevado a vivir del turismo, potencia económica nacional que le debe al sol su mejor recurso. En el futuro, cuando tengamos algún gobernante que crea en las nuevas tecnologías, el sol será incluso una fuente de potencia eléctrica que hoy despreciamos impunemente. Pero aún hay algo más importante, el sol es el que condiciona el modo de vida de los españoles.

Nosotros no podemos vivir sin preguntarle al sol cómo tenemos que organizar la jornada. De una esquina a otra de nuestro país resulta fundamental reconocerle la autoridad a este astro rey. Ya pueden llegar los burócratas más truculentos con sus balances contables a decir misa que el sol es nuestra única guía. Por supuesto que es incómodo el cambio horario en el reloj oficial dos veces al año. Tardamos algunos días en regular nuestro sueño. Pero esa incomodidad se traduce en unas condiciones de distribución del tiempo de luz natural llena de ventajas. Para empezar, si adoptáramos el horario de verano como único, nuestros hijos tendrían que dar durante meses las dos primeras horas de clase en el cole con noche cerrada. A nosotros nos favorece regir nuestra jornada laboral por la luz solar. Puede que haya países donde el sol sea una promesa de verano, pero para nosotros el sol es un compañero fiel durante el año completo. Esa es nuestra fortuna. No deberíamos dejar que nadie nos arrebate una reorganización puntual que favorece rutinas saludables. Cambiar de hora dos veces al año es un mal menor, muy menor, frente a imponernos a nosotros mismos una disciplina horaria que contradiga la variación natural del sol durante las distintas estaciones. Los españoles sabemos que el sol es nuestra guía, nuestro patrón, nuestro tesoro, nuestro mejor presidente. Que no nos engañen otras autoridades.