Este signo ‘¿’ puede morir

Artículos de ocasión

A todos nos llama la atención la dedicada tarea de muchos jubilados por vigilar obras. Una de las actividades particulares del jubilado consiste en asomarse a la zanja y opinar. Es una rama del urbanismo que se cruza con el arte de la tertulia. Nada hay más grato para las personas desocupadas que opinar sobre la ocupación de los demás. Es un error que las grandes empresas de arreglos urbanos no tengan un departamento de jubilados a modo de consejeros. Lo que esos señores observan pasa desapercibido para muchos ingenieros y aparejadores. En lugar de políticos desvencijados harían bien en sentar en sus consejos de administración a estos ancianos sabios que saben dónde meter la piqueta y por qué una acera no resiste el invierno por muchas reformas a las que se la someta. Desde otra perspectiva, me ha interesado siempre la gente que presta atención a la lengua que hablamos. Son también observadores no remunerados que van dando cuenta de palabras que caen en desuso, expresiones que hacen fortuna y dichos que se adaptan a los tiempos nuevos. La lengua todo el mundo sabe que es un organismo vivo, que posee sus propios ritmos y su propia democratización, al margen de esfuerzos académicos.

En los últimos tiempos asistimos a muchos quebraderos de cabeza sobre la potencia del lenguaje inclusivo. Cada tanto, alguien asombra a los hablantes con una ocurrencia, ya sea llamar ‘candelabro’ al candelero, ‘miembras’ a los miembros femeninos o ‘portavozas’ a las mujeres que ejercen de portavoz. Inmediatamente hay un escándalo y aparecen los puristas, los expertos y los líderes ideológicos. Pero ninguno de ellos muestra la suficiente humildad como para dejar que el tiempo y el uso confirmen el veredicto definitivo. Las palabras se usan o se dejan de usar según su fortuna natural. Puede que no nos gusten muchas de las torceduras del lenguaje practicadas en persecución de una idea o una moda, pero algunas son tan expresivas que el ciudadano las acepta y las usa de por vida. Así, hemos pasado a usar la expresión ‘genia’ sin reparar en que en el día de su invención era tan chocante como ‘miembra’ o ‘portavoza’. ¿Qué sucede? Que llamar a una mujer genia nos sonó correcto y compartible. Otras expresiones, por ingeniosas que sean, no superan la prueba del tiempo.

Hace poco, al pasar junto a unos niños que practicaban con la pelota aquellos raros juegos antiguos de patio escolar y jardín público, me chocó que para insultarse entre ellos de manera amigable, se dirigieran como adjetivo despreciativo la palabra ‘discapacitado’. «Eh, tú, discapacitado, que estaba solo, ¿por qué no me pasaste la pelota?». Hasta llegar a esos niños, la palabra era un eufemismo inventado para liberar a las personas con capacidades especiales de expresiones malsonantes o insultantes. Pero sucede que el eufemismo cordial se transforma en insulto en proceso inverso. Algo parecido ocurrió con la palabra ‘disfuncional’, que se usaba casi como término técnico eufemístico, hasta que la gente comenzó a usarlo como insulto básico. «Mi primo es disfuncional, mi jefe es un disfuncional absoluto». Hoy en día ‘disfuncional’ es casi sinónimo de ‘gilipollas’, sin que a nadie le sorprenda.

En los últimos años hemos asistido a la lucha del signo de interrogación de apertura por sobrevivir. Pero ha fracasado. Este signo, que los anglosajones no usan, pues solo cierran la interrogación escrita con el símbolo trasero, carece ya de sentido en el castellano escrito. La publicidad primero y la escritura rápida de las redes sociales lo han convertido en inútil. Y tiene sentido porque, cuando uno escribe, concluye que la frase es interrogativa al terminarla. Todos, al escribir el signo de interrogación final, hemos de volver atrás y añadir el inicial, pero a destiempo y sin ganas. Así que vamos dejando de hacerlo día tras día. En un año o dos, nadie escribirá este signo: ‘¿’. ¿Nos tiene esto que producir pena? Por supuesto, siempre añoramos lo que nos es familiar. Y puede que hasta darnos cuenta de su periclitado uso nos lleve a luchar por él, por sostenerlo y salvaguardarlo. Pero mucho me temo que los días del ‘¿’ están contados. ¿Sucederá? ¿Quién lo sabe? El usuario decide.