El loro

Palabrería

Noria. Se acercaba un nuevo ciclo electoral y el partido de derechas (¿de centroderecha, de derecha centrada o de derechazo?: ya no recordaban cuál era la identidad) padecía una desgastante crisis de liderazgo. Aquel era un país en el que las elecciones nunca acababan, no solo por el número de veces que los ciudadanos iban a votar, sino porque los sucesivos Gobiernos prometían más que cumplían, de manera que los votantes jamás bajaban de la noria.

Azufre. Otras elecciones en el horizonte y ningún candidato o candidata con peso, inmolados los anteriores en las sucesivas votaciones y las bocanadas de azufre que las rodeaban: entrevistas, debates, mítines… ¡Necesitaban a alguien solvente que los representara! ¿Un viejo mandatario? No había que regresar al ominoso pasado y permitir que los enemigos los etiquetaran con ferocidad. Rescatar a seres mitológicos y autoritarios era una pésima inversión de futuro. ¿Un joven dirigente? La juventud vendía, pero la inexperiencia mataba. Los jefes bisoños se aguantaban menos en pie que una jirafa recién nacida. ¿Una mujer? Ideal, perfecto, acertado, en armonía con los nuevos tiempos de aspiraciones igualitarias, pero ¿qué referente femenino? ¡Ellos solo habían cultivado macetas de hombres como plantas carnívoras!

Laurel. El comité ejecutivo tenía entre sus miembros a un par de mujeres, que fueron excluidas de inmediato al igual que los congéneres masculinos: nadie de la cúpula estaba en condiciones de ser elegido porque –decían– eran los guardianes de la pureza y porque –callaban–, de perder los comicios, el descrédito ceñiría la cabeza del fracasado con una corona de laurel pocha y tendría que abandonar el cargo en el organigrama, el sueldo y los privilegios adheridos. Autodescartados ellos y sin veterano, joven o mujer, ¿a quién colocar en la línea de salida?

Doctrina. Después de horas de discusiones y ronchas de sudor y desesperación en camisas y blusas, el secretario de organización, famoso por los zapatos a medida y los trajes de rebajas, soltó: «¿Y un loro?». ¿Un qué? «¡Un loro!». «¿Cómo que un loro?». «¿Y por qué no? Enseñaremos a un pajarraco a repetir nuestra doctrina. Ideas claras, concisas, contundentes y pronunciadas de forma convincente. No creo que nadie se dé cuenta. Si otros partidos optan por toreros, marquesas, generales y tertulianos, ¿por qué no podemos presentar a un loro?».

Chillido. Aprovecharon la convocatoria a una entrevista radiofónica. Necesitaban que los electores se acostumbraran a la voz antes que al aspecto. El periodista, con experiencia con personajes singulares, no le dio mayor importancia: solo pidió que no se cagara en la mesa, así que los asesores no lo sacaron de la jaula. «¿Señor o señora candidata?», quiso saber. Qué contrariedad. Los asesores ignoraban el sexo e improvisaron: «Identificarlo por su sexo es una forma de discriminación». Dio igual lo que el locutor preguntara al bicho porque alternaba chillidos. «¡Supremacista!». «¡Nazi!». «¡Facha!». «¡Feminazi!». «¡Xenófobo!». Y así durante media hora. Al acabar, los asesores quedaron muy contentos.

Aleteo. Excepto por alguna pluma inconveniente que dejaba tras los aleteos, nadie tuvo queja de los mensajes ni del comportamiento del ave. Aplaudían la claridad, convicción y dureza de las palabras, inevitablemente repetidas. «¡Supremacista!». «¡Nazi!». «¡Facha!». «¡Feminazi!». «¡Xenófobo!». Lo pio en pabellones, teles, radios, brilló menos en los diarios, pero su agitación en verde triunfó en las Instagram Stories. Ganó las elecciones.

Aviario. La maniobra fue copiada con prontitud. Las pajarerías y zoos fueron vaciados de guacamayos, cotorras, cacatúas y periquitos. Los plumajes sustituyeron a las corbatas: se ganó en colorido y variedad. El Parlamento fue vaciado de butacas y cubierto con una red gigantesca a la manera de un aviario y llenado de árboles, comederos y bebederos. Los tesoreros de los partidos estuvieron contentos porque los candidatos cobraban en alpiste.