Los algarrobos

Artículos de ocasión

Cada fin de semana en España se zurran a tortazos en varios lugares gentes que se calentaron por el alcohol y las pasiones más bobas. Nos suena la pelea de discoteca y la gresca futbolera, pero también conocemos la intensidad política que a poco que calienta al personal lo nutre de argumentos irrebatibles, y como hay quienes están deseando desembocar en zarpazos, pedradas e insultos, una cosa lleva a la otra. Es muy complicado entrar a mediar en esas bataholas; cuando lo hace algún paisano, suele ganarse el desprecio encabritado de odio de ambas facciones. En un país con educación asequible y posibilidades de formarse al alcance de la mano, hay una inexplicable elección constante por la trifulca. En ese mismo país también vivió el actor Álvaro de Luna, que murió hace algunos meses. Para mí, este hombre representaba exactamente lo contrario de los ejemplos precedentes. Procedía de la fuerza bruta, del arreón físico y, sin embargo, cada vez que coincidía con él me sorprendía la pausa, la pacífica actitud. Es más, en su mirada había una rabiosa necesidad de entender, de escuchar a quien él consideraba que podía traerle algo de luz sobre cualquier asunto. Se sentó un día en el café Gijón a escuchar a los intelectuales y aparcó los puños, quiso saber y le brotaba la sensibilidad de tal manera que a veces recreando una nimiedad se le humedecían los ojos.

Álvaro de Luna, por todos es sabido, había comenzado de bruto en el cine tras dejar los estudios de Medicina. Se sabía caer de los caballos y dar y recibir puñetazos, por lo que dobló a actores en spaghetti western, péplum y cintas de acción cuando estas no eran hegemónicas en la pantalla, como sucede ahora. Pertenecían a un género de explotación banal que venía a rodarse a España por los precios baratos y el buen servicio. Tenía, además, ese especialista una planta imponente, que le ganó en su día uno de esos papeles que, lo quieras o no, marcan una carrera. El Algarrobo de la serie Curro Jiménez lo hizo popular, con ese margen de condena que tienen los papeles tan populares. Que le pregunten a Chanquete o a Marisol por la íntima desolación de sus actores cuando se quitaban la máscara y comprobaban que la gente lo que quería es la máscara, la máscara siempre. Pues el Algarrobo resultó ser una fina y creativa lección sobre la compleja distancia que va de tener título universitario a merecerlo. Supongo que se fatigó, como los antes nombrados, de que le gritaran por la calle el nombre del personaje y no el suyo, de que le pidieran ser todo el rato quien había sido por exigencias del guion y de un salario tan necesario como bien ganado.

Era, además, Álvaro de Luna un lector de periódicos de esos de humedecerse el dedo, pero de no pasar la página hasta que se ha leído la última línea de la plana precedente. Yo era uno de esos cuatro o cinco lectores que tenía en mente cuando me escaseaba la gasolina para perpetrar otro artículo. Gracias a ellos te regresa la claridad mental para darte cuenta de que en lugar de tender a la pereza harías mejor en honrar el privilegio de escribir en prensa y así mediar a tu manera en la trifulca cotidiana. Si nos encontrábamos, su comentario y su lectura me interesaban siempre. Había algo, además, de una bondad inesperada, hasta al respirar parecía moderarse con finura. Afiliado a la izquierda socialista, arrastraba siempre la perplejidad por que las cosas no se supieran hacer bien, con pedagogía y dignidad, porque para él sí, vencer era convencer, y eso que de un guantazo le habría sido bien fácil imponerse a diario. En su renuncia a esa imposición violenta, tan al alcance de su manaza, ofrecía una lección desacostumbrada. Hay algo intolerable en tanta violencia desatada, retratada, enaltecida para fabricar más brutos por minuto. Pero la grandeza del bruto ganado para la ternura, eso, no parece querer honrarlo nadie. Pues Álvaro de Luna fue un apóstol de ese evangelio. Y no sé por qué he vuelto a pensar en él, ahora que ya no está, para predicar con el ejemplo.