Las votaciones y lo que no son las votaciones

Artículos de ocasión

Conviene escribir sobre ciertas cosas con una perspectiva algo más ambiciosa que la urgencia. Las redes sociales han acelerado la opinión; por eso, los mastuerzos se imponen a menudo sobre la reflexión. Sería terrible que Voltaire o Montaigne hubieran tenido que expresarse con prisas, lo hicieron, sobre todo el segundo, sin afán de incidencia sobre la realidad, sino con la cadencia del pensamiento. Entretenidos como estamos con el resultado de los concursos, en todos los ámbitos, no hay un solo día sin premios ni premiados, dejamos de lado la reflexión global sobre el premio mismo. La composición de jurados, los baremos de elección, la justicia que ofrecen no parecen preocuparnos. En España, nos gusta ser galardonados. No toleramos el premio a otro porque sentimos que es un desprecio a nosotros. Por eso desde las instituciones se persigue un cierto arribismo, que consiste en tratar de ocupar el lugar del ganador, de imitarlo. Son habituales las ofertas para dirigir la película idéntica a la que triunfó el año pasado. Para imitar la serie que ha tenido mejor recepción esta temporada. Para que escribas el libro que reproduce el título que mejor ha funcionado en ventas.

Volvió a pasar con la canción de Eurovisión. Para la televisión pública, el concurso se ha convertido en una pata de negocio conveniente. Le sirve para promocionar su programa de talentos musicales. Cuando llega la competición final, corre a enviar una canción que sea lo más parecida a la que ganó el año anterior. Por eso llega siempre con un año de retraso y, pese a que la gente culpa a los intérpretes, la culpa de los malos resultados es del afán por imitar al ganador anterior. Si gana una balada, mandamos una balada. Si gana una chirigota, mandamos una chirigota. Pero sin reparar en que lo hacemos con un año de retardo. Lo único que me volvió a llamar la atención del concurso es que habilita de forma natural una votación compensatoria a través de los teléfonos. Provoca un viraje sobre los jurados y a nadie parece importarle que los países más turbios en el manejo de sus redes obtengan un resultado muy positivo en esa parte de la votación. En las elecciones municipales sucedió un error notable cuando se eligió en función del coste a una empresa distinta para hacer el recuento automático de concejales y votos. Por fortuna, el desastre ha sido localizado en algunos puntos y mesas, pero hemos rozado una catástrofe nacional.

La salvación de cualquiera de estos disparates pasa por premiar lo humano sobre lo tecnológico. Al final, la solución a los errores del automatismo en el recuento electoral viene desde los aplicados supervisores de mesa con sus lapiceros y bolígrafos. El voto presencial es al día de hoy la única garantía, pues todos los trámites tecnologizados corren el riesgo de estar intervenidos. Sucedió con las primarias en León de un partido, donde una candidata turbia logró ganar en primera instancia gracias a manipular los votos de militantes, y habrá sucedido en algunos casos más sin que tengamos noticia, pues se premia la ocultación. La intervención de mecanismos multiplicadores, de ejercicios de suplantación y variadas estrategias para desviar el voto apuntala una vez tras otra el mensaje de precaución. No despreciemos el contacto directo, el recuento personal y la emisión de voto presencial, porque son la única sólida certeza con la que contamos.

Todos los mecanismos de supuesta transparencia que se manejan con alegría para vender imagen de modernidad y agilidad contable están bajo sospecha. La guerra mundial larvada es cibernética. Es hora de preservar nuestra información personal, de luchar por los derechos y libertades civiles en la Red. Hemos visto que la promoción generalizada del referéndum popular se ha convertido en una baza oportunista ya sea para decidir cambiar la hora en los relojes continentales o el diseño del bulevar en tu ciudad. Porque se ha encontrado el resorte para manejar la democracia al antojo de algunos. Ninguna de esas votaciones, pese a los alientos de democracia directa, ha sido concluida con garantías fiables. El peligro nos acecha. Las partes interesadas insisten. Y nosotros, si nos dejamos engañar, renunciaremos a la virtuosa esencia de emitir nuestro voto en mano frente a un comité de iguales que presencia y vigila la veracidad de los actos.