Blanco de habitación de manicomio

PALABRERƍA

Acupuntura. Al salir de la frĆ”gil construcción, sintió el aire reciĆ©n estrenado en la cara, que, como cada maƱana, lo afeitaba en seco. Le agradaba y lo detestaba, sin decidirse por cuĆ”l era la sensación dominante, acostumbrado a la monótona bienvenida. Porque una cosa era la brisa bajo el dominio del sol –y, demasiado a menudo, la violencia del viento, capaz de tajar con un millón de cortes microscópicos los trozos de piel desprotegidos– y otra, el frĆ­o. Ese frĆ­o que atravesaba capas y capas de tejidos y se alojaba en los riƱones como un tumor. DĆ­a y noche sufrĆ­a las bajas temperaturas a las que nunca se habituaba, pese a la gran experiencia con los termómetros en negativo. Un cuerpo entrenado y bien protegido tambiĆ©n estaba expuesto a la agresiva acupuntura.

Manicomio. Alguien en el campamento le ofreció un cafĆ©, que trasladó el trópico al aparato digestivo, una sensación de bienestar y lejanĆ­a que duró poco. Porque al alzar los ojos del negro brebaje –el resultado de esos granos molidos que, como minĆŗsculas baterĆ­as, concentraban el calor del paraĆ­so– volvĆ­a a contemplar la asfixia blanca que lo cubrĆ­a todo. Todo. TODO. Blanco en los valles, en las montaƱas, en el suelo, en el cielo. Blanco roto a veces por un azul disparatado y esperanzador. Blanco de una habitación de manicomio.

Piolet. Tras comer un poco –unas barritas que desparramaban proteĆ­nas y ayudaban a contener a raya el ambiente glacial– se preparó para acceder al puesto de trabajo. TenĆ­a que salir pronto, antes de que el acceso se colapsara. Los que vivĆ­an en grandes ciudades se quejaban del trĆ”fico absurdo y de cómo modelaba sus vidas. QuiĆ©n iba a decirle que una saturación en la vĆ­a de entrada a aquel lugar remoto le proporcionarĆ­a un sueldo. Se aseguró de tener el equipo a punto: el oxĆ­geno, las gafas, los guantes, el piolet, los arneses, las cuerdas, los crampones, las provisiones, el sello y el tampón con la tinta, la mesa y la silla plegables. Los calentadores a pilas de las botas funcionaban perfectamente, asĆ­ que comenzó a subir.

Caravana. Avanzó sin titubeos porque conocía el camino a la perfección. Cómo envidiaba a los que solo tenían que montar en un autobús o bajar al metro y llegar al curro cómodamente sentados y calentitos. Aceleró el pasó, lo que no era fÔcil con la abundantísima nieve y con las caravanas de escaladores. ”Tendría que haber salido antes! Con los plumones era difícil distinguir nacionalidades. Pero ¿cuÔntos desgraciados habían decidido ascender al mismo tiempo? Aquello estaba mÔs concurrido que un bar de pueblo sin competencia.

MĆ”scara. Cuando vio que uno de los adelantados lanzaba una botella de oxĆ­geno, dio unas zancadas –maldita nieve– hasta llegar a su altura. Comenzó a mover las manos para que se detuviera y, al no hacerle caso, lo zarandeó. Se asustó el alpinista, que se vio sacudido por un yeti, segĆŗn la parcial visión que le daban la capucha y las gafas. Aclarado el perfil humano del asaltante, este le recriminó que lanzara porquerĆ­as. Los sherpas, le soltó a gritos, han recogido Ā”once toneladas de basura! Mierdas humanas congeladas, restos de tiendas, plĆ”sticos, mochilas, hierros, latas. Ā”Incluso cuatro cadĆ”veres! El descuidado cogió la botella vacĆ­a y la guardó bajando la cabeza. Bajo la mĆ”scara con la que respiraba era imposible saber si se avergonzaba.

Tampón. El último tramo fue el mÔs agotador, con una considerable cantidad de público aguardando. Pasó como pudo junto a la fila india, resbalando en algún momento y con el peligro de despeñarse. Una vez en la cumbre, abrió la mesa y la silla plegables, colocó el sello y el tampón de tinta e indicó con el dedo enguantado al primero de la cola que se acercara. El escalador colocó un papel, que fue sellado de forma oficial con el día y la fecha, dando fe de que había cumplido su objetivo. El guardia le dio un par de minutos para que se hiciera selfis en el pico y, cuando acabó, permitió el paso al siguiente. Después de haber entintado cuartillas, libretas y libros, ladeó la cabeza para ver cuÔntos quedaban. La hilera parecía interminable. El Everest era un asco.

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