Alegrías y premios

Artículos de ocasión

El premio de interpretación para Antonio Banderas en Cannes alegra dos veces. La primera porque todos llevamos años valorando su esfuerzo y su condición de pionero. La segunda porque siempre ha sido mirado un poco por encima del hombro, no tanto en lo humano como en lo profesional. Se comprende. Alguien que renunciaba al buen teatro y al buen cine que hacía en España para saciarse en los oropeles de Hollywood no podía, además, merecer las distinciones que se reservan para los exquisitos. Y más cuando llegó Madonna y lo calificó del hombre más sexy del mundo. Esa marca lo aupó al paraíso comercial al mismo tiempo que lo extirpó de los reservados de prestigio. Después de sufrir los embates de la envidia española en grado sumarísimo, logró meterse a la gente en el bolsillo con una insistencia kamikaze en demostrar que mantenía la autenticidad pese a sus dos acentos, pese a sus dos carreras, pese a dos domicilios y pese a sus dos vidas, la pública y la íntima. En su momento, se publicaron sobre él demasiadas mentiras con la idea de enturbiar su ascenso en esa virtualidad llamada Hollywood. Pero resistió porque comprendió que el rencor es la respuesta equivocada a la maldad. Y por eso hay una segunda alegría al verle premiado en la cúspide del esnobismo que representa Cannes, porque les ha ganado a todos por el camino más intrincado.

Pero hay un factor en su interpretación de y para Almodóvar en la película Dolor y gloria que le ha permitido acceder a los premios, tras años quedando como finalista, cuando no directamente ignorado. Ese factor tiene que ver con las modas sociales que salpican nuestra vida artística sometida a la dinámica del concurso. Y es que pronto tendremos que dividir los premios de interpretación en dos categorías: unos para aquellos papeles basados en personajes reales y otros para los basados en personajes ficticios, pues es imposible seguir haciéndolos competir. Los elogios a Banderas como si su virtud fuera retratar a Almodóvar y no ser un actor con personalidad propia tienen algo que ver con esta nueva vertiente de la valoración de la interpretación. Antes se reconocía a un actor solo cuando se lucía en un personaje dramático. Incluso a un gran cómico le resultaba necesario hacer tragedia para ganar alguna distinción. Ahora sucede lo mismo cuando el actor interpreta a alguien real con el que se puede comparar casi en un juego imitativo. Ambas son reducciones bobas del oficio del actor, más ambicioso que el tradicional de imitador. Puede que no resulte rentable explicarlo, pero el mejor elogio a un intérprete es que nadie perciba tu esfuerzo, que te acusen de hacer de ti mismo, que no puedan discernir al personaje de tu personalidad ni medir tu caracterización frente a un modelo real. Cuando ese milagro sucede, el engaño verdadero se ha consumado al fin.

En el fondo, esta deriva de las valoraciones de los intérpretes viene contaminada por el desprestigio generalizado de la ficción. De nuevo, el esnobismo nos ha conducido a tomar como más valiosas las historias reales que las historias ficticias. Craso error si atendemos a la trascendencia histórica de la ficción. Poco importan ya los modelos reales que inspiraron al Rey Lear, al Quijote o a Madame Bovary, lo que importa, precisamente, es la audacia de sus creadores para transformarlos en ficciones perdurables, en alejarlos de los casos puntuales que tomaron como modelo para entregarlos al retrato universal del desamparo, la locura o la insatisfacción. El modelo real desactiva una de las posibilidades creativas más atractivas, la de posar sobre un personaje todas las potencias conocidas. La adscripción a lo real es limitativa, como limitada es la función de un cronista sincero frente a un fabulador. Las religiones son un buen ejemplo de esto, ninguna ha sobrevivido bajo la fidelidad a un tipo existente, todas fabrican un ser mítico, presto a la reinterpretación cada vez que es preciso variarla para hacerlo perdurable. Nada tiene que envidiarle el Banderas actor de Átame al actual, pero los premios llegan cuando se produce el azar de estar en tu sitio cuando los demás te quieren allí y exactamente allí. Es el dolor requerido para la gloria ofertada. De ahí la merecida enhorabuena y las dos alegrías.