Entrenar para sirena

Palabrería

Amniótico. No estaba dotada de aletas, branquias o escamas y, sin embargo, su medio era el agua. Desde niña era en ese elemento donde se encontraba segura, donde estaba a gusto, donde quería pasar el mayor tiempo posible. Por supuesto, no guardaba ningún recuerdo del líquido amniótico, de la felicidad fetal y del tiempo en el que tuvo mayor intimidad y compenetración con su madre –una intensidad jamás recuperada por la imposibilidad de regresar al útero–, pero se recreaba, en busca de paz, en ese fluido como si tuviera algún resto de aquella memoria tan lejana como imposible. Se imaginaba en una flotación permanente, protegida del exterior y con una habilidad –la mejor que jamás tuvo– que perdió al nacer: respirar en el agua. Por eso regresaba de manera continuada a la imagen del feto sumergido. Porque durante un tiempo fue sirena.

Arenal. En verano no había manera de sacarla del mar. Por fortuna para su familia, vivían a una relativa proximidad a las olas, lo que les permitía acercarse casi a diario. El resto del tiempo aceptaba la metadona de la piscina. Se levantaba temprano y exigía, aún con el desayuno a medio tragar y con el colacao en grumos, coger el coche y atravesar la ciudad y el vasto arenal. Los padres se turnaban en la vigilancia, protegidos por la sombrilla, y aun con esa cubierta, las pieles se entonaban con el color del cuero. Qué hacía en el ambiente marino durante tantas horas era algo que nadie conseguía entender. Nunca construía castillos en la orilla, nunca pedía jugar con el adulto centinela, nunca se relacionaba con otros niños. El padre o la madre la veían zambullirse, sacar el cuerpo y desaparecer, saltar fuera y hundirse, una, dos, tres, cien veces. Aletas negras y gafas azules, y una capa de sal fijándose en la piel. No era un mar traslúcido, sino turbio, con algas flotantes, plásticos que confundían y peces ausentes. A ella le daba igual el ambiente hostil porque entrenaba para sirena.

Fantasma. A los padres les pareció inevitable que quisiera dedicarse a la natación sincronizada. Su primer entrenador les confirmó que tenía grandes aptitudes, un talento natural para desenvolverse en aquel hábitat y una predisposición que jamás había encontrado antes. De inmediato fue reclutada por la seleccionadora nacional, alertada por los preparadores del club, y alojada en un centro de alto rendimiento deportivo. Nunca antes había sido tan feliz y, como le sucedía en el mar de la infancia, jamás encontraba el momento de subir por la escalerilla de la piscina. Se aburría con las actividades en seco: el ballet, el gimnasio y la fisioterapia. Pasaba en el agua tratada más tiempo del recomendable, hasta que conseguía relieves marcados en las huellas dactilares. Sus compañeras le aconsejaban cremas para que la piel no se abriera en surcos, y se embadurnaba con una capa de grosor considerable que le hacía parecer un fantasma. Ganó medallas, pero le faltaba interés por el ballet para poder ser considerada la mejor. Una sirena, opinaba, no tiene que ser grácil en tierra.

Membrana. Al regreso de unas vacaciones, sus compañeras la encontraron, como siempre, dentro de la piscina. Explicó muy contenta que había comenzado la transformación. Ellas no comprendieron qué quería decir, hasta que les mostró los pies y las pequeñas membranas entre los dedos que le habían implantado en un quirófano. Les horrorizó el añadido que convertía los pies en raquetas. Les demostró las ventajas de los injertos y con qué belleza y competencia se desenvolvía en el agua. La alteración fue discutida por la federación, que temió ser expulsada de los organismos internacionales si la dejaban competir. Su carrera terminó en el momento en que comenzó a sentirse completa. El tránsito de cambiar de cuerpo fue difícil. La sociedad, se dijo, no estaba preparada para lo diferente. Solo encontró trabajo como reclamo de una pescadería. Ni siquiera allí la dejaron mostrar las aletas. Le pusieron una cola de tela verde para que pudiera representar a una sirena.