Guapo, aseado y agresivo

Palabrería

Fósil. Fue una sorpresa para casi todos: eligieron al joven abogado cabecilla del nonato partido. Hacía meses que gente de distinta procedencia y credo y renta se reunía con la idea de construir una organización capaz de abrir una brecha en el bipartidismo. Los intelectuales no eran los más activos –la pereza de los inteligentes, se excusaban–, pero sí los más respetados en aquel colectivo heterogéneo, formado en buena parte por burgueses que por vez primera se sentían obligados a abandonar el sofá y hacer algo más provechoso que dejar la marca de las posaderas, como un fósil textil, en el cojín. Los periodistas y los filósofos y los catedráticos eran los responsables de que el desconocido hubiera quedado en primer lugar.

Plan. Con hábiles manejos, los artistas de la manipulación y el pensamiento influyente, y el arte de fumar en pipa, habían muñido los votos necesarios para impulsar a su candidato secreto. Primero se estructuraron como foro, publicando tribunas en los periódicos y atizando polémicas únicamente sustentadas por su prestigio. Después impulsaron diferentes grupos de trabajo formados por personas anónimas altamente motivadas, entusiasmadas con la derrota de la clase dirigente, sin percatarse del todo de que quienes los mandaban, con ese paternalismo –¡y la educación!– emanado de la cultura, eran también parte del poder, constructores de ideologías, reformateadores de cerebros. La tercera parte del plan era apartarse del partido una vez hubiera sido constituido y mangonear al líder desde la distancia, sin exponerse públicamente. La acción solo podía acarrear beneficios. Las futuras derrotas eran del chico. Los éxitos, de todos.

Populista. El joven abogado respondía a las necesidades: guapo, aseado y agresivo, sin doctrina. Pero lo que más atraía a los protectores era la mente de goma. De inmediato fue adoptado por los medios como brillante ejemplo de la nueva política, esa que se comprometía a limpiar sentinas y desatascar vicios. Los poderes económicos se fijaron en él porque también querían sacar provecho de alguien moldeable, no tanto porque estuviera a disgusto con los políticos convencionales –grandes y fieles amigos–, sino porque necesitaban distribuir las inversiones. El dinero comenzó a llegar a la hucha del partido, a la vez que el joven abogado aparecía en las televisiones como si formara parte de la plantilla. Aseguraba que no era de derechas ni de izquierdas, pretexto para disimular el conservadurismo. Durante un tiempo, alguien abría la nevera de su casa y allí estaba él; la radio y allí estaba él; la puerta del bar y allí estaba él; el coche y allí estaba él; el periódico y allí estaba él; la lavadora y allí estaba él. Era ubicuo, intenso, populista, liante.

Bronco. Iban pasando los años y el abogado, que ya nunca ejercería, dejó de ser joven pero no de parecerlo. Hirió al bipartidismo sin llegar a tumbarlo: a los elefantes les cuesta caer. Se erigió como parlamentario bronco y como acordeonista de pactos con más aire que música. Recogía miles y miles de votos, pero no era decisivo en ningún lado. Los mentores, que copaban la opinión de muchos medios, seguían protegiéndolo con unas alabanzas que sonrojaban y que expulsaban sin inmutarse. Él era el futuro crispado –y crispante– de algo que no llegaba.

Vengativo. Un día, el partido, en apariencia compacto, comenzó a desinflarse: salieron en estampida dirigentes señalados, y algún filósofo cheerleader de su círculo lo amonestó en público por los vaivenes, aunque era un reproche incomprensible porque, precisamente, la organización había sido creada sobre la ambigüedad, más como ariete que como torre, más para dañar que para permanecer. Entonces se aceleró el deterioro, reprimido durante largo tiempo por una jefatura asfixiante. Los partidos tradicionales recibieron con alegría y espíritu vengativo a los disidentes. Los intelectuales lo dieron por saldado. Se quedó más solo que un poste sin tendido eléctrico. Entonces fundó un nuevo partido al que llamó, ya en singular, Ciudadano.