Pues no era tan fácil

Artículos de ocasión

Hace unos años que Berlín ha superado al resto de los contendientes para convertirse en la ciudad de moda en Europa. A Londres la venció por esa mezcla dañina del brexit y la llegada masiva de millonarios de todo el mundo. A París, por la dinámica perversa de inseguridades para el visitante, hay más huelgas que días laborables en su calendario vital. Y a Barcelona, por el desborde avisado de un turismo de aluvión, que no se puede frenar en un país cuya industria más rentable consiste en poner tortillas y sangría a la luz de un buen tiempo incontestable. Pero Berlín contiene hoy esos aires de cosmopolitismo y anarquía que necesita una ciudad para alzarse como sueño de los jóvenes. Protegida por la estabilidad del país, la ciudad se permite un guiño a la indolencia y la imaginación, con espacios ganados a una historia convulsa que hoy son de esparcimiento y sugerencia. El gran peligro que acecha a Berlín y que conocen todos los que han intentado vivir en ella es la problemática de la vivienda. Si ya era tradicional su escabroso sistema burocrático de alquileres, en los últimos años vive bajo la implosión de los precios.

En eso no es ajena al resto de las ciudades admiradas en Europa. Los jóvenes no encuentran más que dificultades para hacerse con un espacio de vida. Las plataformas de alquileres cotizadas por fondos buitre se han hecho con un enorme poder y los rentistas aprovechan la subida generalizada de precios para su propio lucro. Nadie, pese a los avisos, muestra la menor intención de moderar sus instintos en aras de salvar a estas ciudades. Luego se quejarán del desplome. Es algo común en todos los negocios de la nueva época. La lujuria avariciosa impide la mirada a largo plazo. Solo los propietarios con un sentido cívico y amor por su propia ciudad manejan los alquileres con cierta proporción, primando la estabilidad, el equilibrio ciudadano y la pervivencia del entorno con precios satisfactorios, pero moderados, y una selección de inquilinos que prime el tejido humano que desean para la ciudad. A la postre, todo son quejas y lamentaciones, pero la responsabilidad del capital en la degradación del entorno también tendría que ser asumida por quienes exprimen el limón.

Cada vez que los ayuntamientos españoles más conscientes del desastre han tratado de regular esos procesos de alquiler se ha producido un colapso nervioso. Si se limita el precio del alquiler se ataca al libre mercado, dicen. Por suerte, va a ser Berlín y no ninguna ciudad bajo raras dictaduras chavistas la que ponga en marcha un sistema de control. Si funciona allí, previsiblemente será incorporado fuera. Aún hay que esperar. Ojalá no sea demasiado tarde para las ciudades más deseadas de España. Mientras tanto, conviene admirar la dificilísima ecuación que rige el mercado del alquiler. Cada gobierno, dependiendo de su signo, ha emprendido una reforma divergente. En un tiempo se primó al propietario hasta destruir el concepto de renta antigua y largos alquileres estables. Nada más darse la vuelta a la tortilla se cayó en el error opuesto y hubo que correr a remediarlo con garantías para los alquilados, que eran expulsados y padecían subidas de precio sin ninguna moderación. Y así vamos, de mal en peor, sin que nadie repare en que los alquileres son una balanza perfecta, la expresión más evidente de que política y mercado tienen que viajar juntos, pero sin preponderancia de uno sobre otro.

La clave de una sana legislación sobre alquileres no va a terminar por ser ninguna de las ideas preconcebidas. Ni el inquilinato es de izquierdas ni el rentismo es de derechas. Por desgracia, la transversalidad aquí es definitiva y obliga a ser más maduros de lo que lo hemos sido en los últimos veinte años, bajo bandazos absurdos. Lo que conviene es una primera y esforzada pedagogía sobre los ciudadanos para que sientan de una maldita vez la ciudad como algo suyo, que se transmite de padres a hijos como una fortuna sólida y perdurable. Desde hace años, a la ciudad propia se le aplican conceptos repelentes. Se la exprime de manera indecente y los ciudadanos, en lugar de amarla, tratan de vivir de ella, más que vivir en ella. En esa triste moderación cívica va a residir el futuro de nuestras ciudades. En eso y en poner coto a la llegada de los inversores salvajes a nuestro parque de vivienda.