Carta de amor a un asesino en serie

Palabrería

Alcayata. Jairo quiso ser meteorólogo, pero tuvo que hacerse cargo de la ferretería de los padres. Se conformó con ser un aficionado capaz, con una estación equipada con el instrumental necesario para desmenuzar el cumulonimbus y el viento de levante. A una edad temprana supo que sería esclavizado por el bricolaje. Escuchó muchas veces el estribillo: si abandonaba, un negocio centenario tendría que echar el cierre. Tremenda responsabilidad. Nacer entre tornillos y alcayatas lo obligaban a quedar clavado.

Ambivalencia. Un bisabuelo comenzó a vender herramientas cuando la vida aún era manual y los padres se especializaron en martillos eléctricos y pistolas de impacto, ejemplos de cómo la violencia de las armas ultrajaba cualquier ámbito. Todo aquello que Jairo colocaba sobre el mostrador –una
de las pocas piezas originales que quedaban de la tienda que fundó el bisabuelo– podía servir tanto para la construcción como para la destrucción. La ambivalencia lo atraía. Según el uso, un simple mazo edificaba o demolía, sin que la responsabilidad estuviera en el instrumento. Era la mano que guiaba la que le daba la categoría. Establecía un paralelismo entre el meteorólogo y el ferretero. El meteorólogo no era responsable del tiempo, solo de descifrarlo. El ferretero no era responsable del asesinato, solo de vender el cúter.

Beligerante. Jairo sentía placer con la climatología extrema y leía los mapas de la devastación con el interés con el que un aficionado al bondage examinaba un látigo. Se retorcía de gusto tras el paso especialmente beligerante de un huracán –y antes, relamiéndose con las expectativas–. Coleccionaba las fotos –los cromos tenebrosos– de poblaciones arrasadas en islas y esos amontonamientos de maderas quebradas que imposibilitaban distinguir las consecuencias de un huracán criminal de otro. Las inundaciones lo ponían a cien y rebuznaba de gusto si había gente atrapada en los tejados de las casas. Los árboles convertidos en refugio eran también satisfactorios. Los lodazales eran su jacuzzi; las botas de agua, el calzado preferido; y la línea de ‘hasta aquí llegó la riada’, una marca olímpica.

Metano. Desde su insignificancia, contribuía lo posible en acelerar el cambio climático con la optimista misión de generalizar el clima radical. Aire acondicionado en verano que obligaba al forro polar y calefacción en invierno para vivir en calzoncillos. Derroche de agua: mejor bañera que ducha. Luces abiertas en habitaciones que nadie visitaba. Consumo desaforado de carne de vacuno (incluso compró un par de vacas para bombardear metano a la atmósfera). Soñaba con nevadas en verano y con olas de calor en invierno. Borrasca era una palabra que tatuarse.

Jaula. Sus hilos en Twitter ante un fenómeno peligroso eran cartas de amor a un asesino en serie. Si los mapas se manchaban de rojo, él aguardaba con la ilusión de noche de Reyes. Si permanecían en verde durante mucho tiempo, se deprimía como el hámster en una jaula con la rueda averiada.

Épica. Para dar gusto a su naturaleza, cambió las vacaciones sin épica por unos días caribeños con la ilusión de asistir a la temporada de huracanes. Cuando supo del nacimiento de uno que arrollaría el mundo a su paso, compró los billetes para asistir en primera fila a la representación. Entró en la isla cuando los demás se iban. Su sonrisa era un ofensivo contraste con los rostros de pánico. Le dieron a elegir habitación en el hotel: era el único cliente.

Heraldo. De pie en el malecón, vio avanzar a la bestia. El fortísimo viento era el heraldo, más bien su trompeta. La trompeta del apocalipsis. Se dirigió a una palmera, donde se encadenó con la esperanza de sentir en primera persona el paso de un huracán. No esperaba morir, pero tampoco seguir vendiendo destornilladores. Consideró aquello como un bautismo meteorológico.

Escombro. Los rescatadores que, días después, hallaron su cadáver bajo una tumba de escombros, y aún encadenado a la palmera, dijeron que jamás habían visto a nadie con un rostro tan feliz.