Quiero ser Banksy

Palabrería

Cubitera. Quería ser famoso. Quería tener dinero. Y ninguna de ambas cosas parecía posible en la orilla del mundo, que era desde donde ejercía de grafitero. Creía en la calle, pero también en una cuenta corriente acolchada y en la cubitera atiborrada de magnums de champán y en las zapatillas Nike Dunk Pro SB París que vendían en la tienda Solestage, en la calle Lafayette de Nueva York, por 25.000 dólares. Sí, 25.000 dólares: lo mejor de esas sneakers era el precio. Solo habían fabricado 200 pares, pintados y firmados por un artista ya fallecido, Bernard Buffet. Si se vendieran por 300 dólares, ¿interesarían? De ninguna manera. La exclusividad la daba el exceso, no los diseñadores de Nike ni los colores de Buffet. Zapatillas pensadas para el monopatín, es decir, para callejear. Pero ¿qué skater podía adquirirlas? ¿Y qué grafitero?

Vanidad. El pintor de paredes más famoso del mundo se llamaba Banksy: una celebridad enmascarada. Lo admiraba y lo odiaba porque ambos sentimientos le parecían, muchas veces, la misma cosa. Era su modelo, no solo en lo artístico, sino, principalmente, en lo financiero. Renunciando a la vanidad –algún día se sacaría la máscara, y, entonces, adiós, como había pasado con Kiss, unos roqueros pintarrajeados de la época de sus padres–, había hecho del misterio un negocio. Se sabía que era británico, y poco más. ¿Británico o británicos? ¿Banksy era uno o varios? Muchos colegas lo odiaban porque era una máquina de despachar iconos –o buñuelos– que se enriquecía con lo que, en apariencia, denunciaba.

Guasa. Grafitis políticos y sociales, y unas grajeas de humor para hacerlos digeribles. Ratas, monos, sirvientas que escondían el polvo bajo las paredes, enmascarados que lanzaban ramos de flores, niñas con globos/corazones o que cacheaban soldados… Cientos de imágenes con una potencia visual apabullante. La calle lo había hecho reconocido y las casas de subastas, millonario. Era una guasa que en países como Gran Bretaña, donde el grafiti era considerado un acto vandálico, se protegieran los muros en los que el hombre con capucha dejaba huella.

Mangonear. Se le ocurrió que podía falsificar a Banksy. ¿Acaso no sería un juego metartístico? Si el propio autor era un mangoneador, ¿una obra fraudulenta podía ser considerada verdadera? El (supuesto) británico manipulaba el arte y se burlaba de las instituciones: había colado en el Louvre una Mona Lisa con el símbolo del acid house (Smile) en el rostro, y en el Bristish Museum, un pedrusco con un hombre prehistórico que empujaba un carrito. También estaba seguro de que en el caso de que apareciera una imitación, no lo denunciaría. Sabía que era dueño de una empresa llamada Pest Control que expedía, a cambio de un dinero, certificados de autenticidad, aunque no de falsedad. Delatar a un camarada sería asimilarse a ese establishment que criticaba.

Dragón. Al estilo de Banksy, creó una plantilla compleja con dos figuras y la guerra comercial China-EE.UU. como argumento: un dragón rojo se comía a Donald Trump mientras cagaba galletas de la fortuna. Disfrutó y sufrió con el diseño y hubo tanto de lo uno como de lo otro, lo que significaba que era un trabajo con peso. Eligió las inmediaciones de la Embajada norteamericana para vaciar aerosoles y telefoneó de forma anónima a radios, teles y diarios para anunciar que Banksy había llegado a la ciudad. Al cabo de unos días, cuando todos se hubieran felicitado por la suerte de tener un Banksy entre sus muros y alabado el grafiti, él se descubriría como el legítimo artista y después presentaría sus creaciones a las galerías.

Cosmopolita. El éxito fue mayor del esperado: la pieza era realmente extraordinaria. Que la capital
hubiera entrado en un circuito de lo alternativo con ciudades como Nueva York, Londres o Jerusalén
se consideró un avance cosmopolita. Desde Instagram, el propio Banksy se atribuyó la autoría y, a poco tardar, la obra gráfica del dragón y Trump, numerada y firmada, comenzó el recorrido comercial. El pobre grafitero, devastado, supo que nunca poseería unas Nike Dunk Pro SB París. Tendría que conformarse con las viejas y destrozadas zapatillas manchadas con espray y la mierda de la calle.