El concepto dañino de la ejemplaridad

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

Hace años se puso de moda el concepto de ejemplaridad. Servía de alivio en algunos procesos de corrupción política, porque se corría a reclamar que los líderes y próceres fueran lo mejor de cada casa, el modelo para los niños. Ya entonces, me pareció un análisis fraudulento y torpe. La ejemplaridad no deja de tener un ribete público de exhibicionismo que es altamente manipulable. Las personas de mayor valía que he conocido en mi vida, los talentos verdaderamente ejemplares, siempre asociaron su actitud y su paso por la vida a un valor supremo: la discreción. Y, más aún, la permanente decisión de no creerse los elogios, de no dejarse convencer de que eran mejores que los demás, y la de no caer en la tentación de confundir su valía profesional o un gesto honroso con una tosca simplificación para creerse infalibles. Lo único infalible que hay en esta vida es morirse. Todo lo demás es una trayectoria emborronada. Por eso resulta tan abominable que hayamos entrado en el siglo XXI con una actitud tan medieval que consiste en desprestigiar el talento profesional de cierta gente por algunas actitudes poco acertadas en su vida personal. Volvemos pues a exigir de todo el mundo que se parapete como entonces en la consigna de las virtudes públicas y los vicios privados.

Porque lo de reivindicar la ejemplaridad obliga a las personas a convertirse en seres pomposos y sin tacha, en hipócritas a la fuerza. Dicen levantarse sobre el resto de una sociedad corrupta y traicionera en la que todos sus conciudadanos parecieran tener que aprender de su perfección. ¿Podría existir tamaña impostura? De manera casi automática, concedemos tal autoridad al elegido, a veces autoelegido, que no se tarda en encontrar no ya tachas, sino manchas en su currículum. Llega entonces la hora de la destrucción. Lo que no se concibe es que personajes ejemplares puedan tener caras ocultas, defectos humanos. Es la petición permanente de superhéroes, de Mesías, en lugar de apreciar la realidad. Las personas somos un conjunto indivisible de elementos maravillosos y abominables. El mérito de los grandes seres humanos es que, pese a sus defectos, sus vicios, sus carencias y sus mediocridades, en algún momento alumbraron una genialidad, se comportaron con heroicidad, fueron decentes. Pero la gracia del asunto reside, precisamente, en nuestra imperfección de fábrica.

Abomino de la ejemplaridad porque es un atajo promocional. Nadie puede pretender ser un ejemplo para los otros. Eres lo que eres, y lo que sacarán los demás de ti tendrá mucho que ver con la construcción íntima de cada uno. Una ciudad de monumentos y bustos es una ciudad de impostura y, más tarde, demolición. A lo que debemos aspirar no es a que nos llegue una nueva remesa de santos, de iluminados, de seres angélicos y modélicos. Por ahí va a proseguir la estafa, el engaño oportunista, el triunfo de los mejores promocionados y los más falsos. Nuestra aspiración tiene que estar en el respeto a la labor callada y bien hecha, al anonimato de quienes cumplen con su obligación de todos los días. Hay una injusticia inevitable en las relevancias desmesuradas, no convirtamos en espectáculo lo que ha de ser decencia íntima. Caeríamos de nuevo en la basura mental de otras épocas. Somos una sociedad evolucionada, compuesta de personas adultas que arrastran detrás siglos de prueba y error. Esta vocación de ejemplarizante produce impostores y caraduras mucho más que personas de verdadera valía. Recuperemos la exigencia propia, dejemos por un momento de lado al experto en marketing que todos llevamos dentro. Sacudámonos de encima esa estafa de la revalorización del concepto de ejemplaridad. No busquemos tanto premio, conformémonos con que al morir alguien de nuestro entorno pueda decir con sinceridad era un buen tipo. No obliguemos a una persona valiosa a ser también una hermanita de la caridad, un voluntario de Cruz Roja y un Cristo de vuelta en la Tierra. La gente honesta no se merece esa presión ridícula. Además, las decepciones constantes entre quienes pugnan por alcanzar ese imposible, esa virtud pública, dan ventaja a los sinvergüenzas y a los cínicos, que se sacudieron esa obligación de un plumazo y entre tanta hipocresía forzada son percibidos como los únicos sinceros.