Cubitos de fin de fiesta

Palabrería

Ecobobo. A quien quisiera escucharlo, le decía que el cambio climático era una farsa, una mentira, un invento de los ecobobos para influir en los gobiernos y conseguir una cuota de poder que los votos les negaban. Si fuera verdad y estuviéramos en una emergencia, decía, ¿por qué la gente no votaba de forma masiva a los agoreros? También en el cuento de terror veía la mano de las multinacionales automovilísticas que ante el fin de los combustibles fósiles querían seguir llenando los bolsillos de sus consejeros con los vehículos eléctricos. ¿Y de dónde provenía esa energía supuestamente limpia? De los pantanos (heridas en los paisajes) y las nucleares (¿en qué contenedor de reciclaje había que tirar el átomo?), pero también del carbón, del petróleo y del gas natural. ¿Coches menos contaminantes que mamaban de las centrales sucias?

Luto. Cuando lo rebatían con pruebas científicas, él sacaba sus estudios, que se basaban en la nostalgia. Rememoraba las tormentas que había vivido de niño, las lluvias estivales que transformaban las calles en ríos y cómo alguna vez se había descalzado y cruzado, con mucho cuidado, uno de esos caudales con la temeridad de un explorador del Amazonas. Y los rayos que durante horas cicatrizaban el cielo y esos truenos que rompían el aire. «Aquí siempre ha llovido, y siempre ha habido sequías. El tiempo no es obediente: hace lo que le da la gana. Es el ciclo natural». Y no importaba que le hablasen de los hielos árticos convertidos en cubitos de fin de fiesta en una copa, ni de los osos polares con su luto blanco. Él argumentaba que ya pasaría y que todo regresaría al lugar correspondiente y que, mientras tanto, era una estupenda noticia que se abrieran nuevas rutas de navegación libres de obstáculos y que eso ahorraría millones a las navieras y permitiría bajar el precio de ciertos productos.

Mocosa. En lo político se consideraba liberal y eso, según él, consistía en hacer lo que le diera la gana. Menos leyes y menos intervencionismo del Estado. No soportaba a esa niñita pija que le daba lecciones desde la ONU después de haber llegado en barco a Nueva York: cursilería de ricos. ¿Había que volver a la navegación de vela? ¡Qué absurdo! ¿Y cómo se atrevía a decirle, a él y a millones, que se habían cargado su futuro? Pero ¿qué sabía ella de él? ¿Y qué responsabilidad tenía él sobre el porvenir de la mocosa? ¡La culpa sería de los padres, que la habían malcriado! De todo responsabilizaban al cambio climático: que si el incremento y la violencia de los huracanes, que si la desaparición de miles de especies (¿y a quién le importaba la extinción de una salamandra mongola?), que si la desertización acelerada, que si los desplazados por las sequías, que si los incendios desaforados, que si el monstruo de lago Ness se ha hecho más grande, que si un día de estos nos invadirán los venusianos de tres cabezas.

Tropical. En congruencia con su posición político-social, mezclaba orgánico, papel y plástico; arrojaba el aceite usado por el fregadero y las toallitas por el váter; se negaba a desprenderse del coche diésel con veinte años de antigüedad; prefería la bañera a la ducha; jamás cerraba el grifo cuando se cepillaba los dientes; compraba billetes de avión solo si eran gangas sin importar el destino; tiraba ropa poco usada porque era barato renovarla; en su soltería celebraba que en los supermercados vendieran una sola pieza de fruta envuelta en mil plásticos; acumulaba en un cajón centenares de bolsas y jamás se le ocurría reutilizarlas (y se peleaba con las cajeras porque se las cobraban). Las plantas de reciclaje eran para él un lugar tan exótico como un jardín tropical.

Antojo. No creía que el punto de no retorno estuviera a solo diez o doce años, tal como predecían los informes. Él jamás llegaría tan lejos. Ir contra el planeta quería decir ir contra uno mismo: pronto sucumbiría a un ataque al corazón por culpa de la dieta a base de carne roja. A un auténtico liberal nadie le decía qué comer. Un auténtico liberal se mataba a su antojo