Angustia

Palabrería

Yoga. A Armand le angustia todo. Si hubiera un ‘angustiómetro’, la aguja se volvería loca al calibrar el agobio de Armand. Si existiera un contador de ‘radioangustividad’, la de Armand lo derretiría. Durante años ha intentado controlar la zozobra con yoga (agobio por hacer el ridículo con las asanas), con meditación (agobio por no saber concentrarse), con acupuntura (agobio por las agujas), con dieta (agobio por alterar la microbiota) y tantos otros métodos fracasados que han acabado agobiándolo aún más. En casa le dicen: «¡No te agobies tanto!», frase que obra el efecto contrario.

Dengue. Armand acaba de regresar de Brasil. Todo había ido bien hasta que en un hotel de Salvador de Bahía leyó un cartel que advertía de la proliferación del mosquito que contagia el dengue. Aquello lo volvió loco y convirtió su piel en una trampa para insectos: se embadurnaba con tanta crema que los bichos no huían, sino que se quedaban pegados. Ya en casa, ha hecho lo que tantas veces le han aconsejado no hacer: consultar Internet en busca de calamidades. Sabe que el dengue se incuba entre cuatro y diez días y, en ese periodo, más de una y dos veces está seguro de haberlo contraído. Confunde un grano con una erupción de la piel. Le sangran las encías por haberlas frotado con entusiasmo durante la limpieza bucal nocturna y ve en los escupitajos rojos un mensaje de terror. Siente debilidad general, aunque no superior a la de los otros días de mal dormir, pero que, en este contexto, es un claro síntoma de la enfermedad tropical. Al cabo de dos semanas comprende que ningún mosquito le ha dado un picotazo fatal y siente el alivio, en su caso, provisional, de las crisis superadas.

Cólico. Armand se encuentra en el trabajo con un colega que acaba de pasar los peores días de su vida: ha tenido un cólico nefrítico. No entiende. «Piedras en el riñón», aclara. Fue hace poco, pero continúa con las dosis de calmantes. Dice que nunca antes padeció tanto dolor: un daño continuado y desgarrador en la parte baja de la espalda. Tiene que hacerse una ecografía para localizar al caballo de Troya, beber mucha agua, expulsar el cálculo renal. Durante el desplazamiento por la uretra teme otro ataque de ese sólido que ha generado su cuerpo. Nada más acabar la conversación, Armand comienza a sentir unos pinchazos en la zona lumbar izquierda. El susto lo hace sudar, algo que ocurre a menudo: con cada aprieto, sus glándulas sudoríparas se abren como si estuvieran de fiesta. Está seguro de tener el riñón forrado de pedruscos. Pasa una tarde malísima, sin atreverse a ir a urgencias porque allí lo tienen muy visto. A la mañana siguiente, el peso ha desaparecido.

Sinvivir. Armand tiene un hijo veinteañero y, cada vez que sale por la noche, el tiempo de espera para su regreso es un sinvivir. Por la cabeza pasa una hilera de adversidades: accidente, intoxicación etílica, detención por la policía, abducción extraterrestre. Intenta acostarse lo más tarde posible por si tiene que salir raudo a buscarlo, pero acaba vencido en el sofá aplastado por los tediosos programas de la tele. Cuando su hijo regresa con las primeras luces, consigue meterse en la cama. Esta vez tampoco ha pasado nada.

Ultraderecha. Armand está atormentado por la situación política: ha visto arder contenedores y lluvias de piedras, a chavales perder un ojo, a policías extralimitándose, a personas heridas de uno y otro lado por choques que nunca tendrían que haber sucedido, a jueces promover sentencias injustas, a la ultraderecha envalentonada y con representación parlamentaria, a políticos que por unos pocos votos despellejarían a un santo, a intoxicadores disfrazados de periodistas, a representantes públicos que deberían sentarse a dialogar y seguir en la silla hasta que les ardiera el culo. La angustia de Armand no ha hecho más que crecer y crecer y seguirá creciendo porque adivinar el final le parece imposible. No hay ‘angustiómetro’ que pueda medir su estado ni ‘angusticilina’ capaz de sanarlo.