La democracia en malas manos

Artículos de ocasión

En contra de lo que creíamos, que la democracia contenía en sí misma un sólido mecanismo de autorregeneración, con el paso de los años nos damos cuenta de que es más frágil de lo que pensábamos. Para las personas de ideas simples, la democracia consiste en votar. Se vota y el que gana impone sus programas. Pero es precisamente lo contrario. La democracia consiste en el respeto a las instituciones, los límites y, sobre todo, a las minorías. Es un sistema que garantiza, precisamente, que el ganador contable no arrase todo a su paso. El problema es que los enemigos de la democracia tratan de manera denodada de expresar dos ataques a la línea de flotación del sistema. El primero consiste en sostener que es un modo de gobierno muy frustrante, porque no permite reformas radicales ni puede competir con el capitalismo dictatorial, que es un invento de nuevo cuño que ha tenido mucho éxito en el cambio de siglo. Países que tienen un gobierno autoritario, pero que compiten en el mercado comercial como si fueran capitalistas liberales. Su ventaja es desmedida, pues no se someten a frenos sindicales ni a derechos, sino que planifican en función de las ventajas apropiadas por su jefatura de Estado.

El segundo ataque al espíritu democrático es más sutil. Procede precisamente de quienes ocupan sus organismos de poder. Son algo así como trabajadores de una empresa de porcelana que se dedicaran a romper las piezas antes de empaquetarlas para su distribución. En la mayoría de los casos pretenden confundirnos sobre dos conceptos muy diversos, Estado y Gobierno. El Estado es la casa madre que permanece inalterada pese a la sucesión de distintos gobernantes. Es ahí donde se alzan como imprescindibles algunas instituciones básicas, que dependen de la acción de los gobiernos, pero han de conservar su independencia. En la pasada campaña electoral el presidente en funciones, Pedro Sánchez, cometió uno de esos errores demoledores para el sistema, al presumir, eso fue lo que hizo, presumir, de que la Fiscalía era nombrada por el Gobierno y obedecía sus órdenes. Tuvo que pedir perdón porque causó un incendio en las turbinas del sistema. Pero la ignorancia delataba que la gran idea democrática no es conocida por los ciudadanos, ni siquiera por aquellos que se dedican a la política profesionalmente.

La división de poderes no significa que unos poderes sean ajenos a los otros. Todo lo contrario, es precisamente ese incidir de unos sobre otros el que permite las reformas. Si no, el sistema sería insoportable. Las leyes se cambian y, por lo tanto, también las sensibilidades sociales. Pero el funcionamiento ha de ser transparente; si no, todo el edificio se viene abajo. Hace no demasiado, un diputado conservador, de apellido Cosidó, envió un mensaje de texto donde venía a decir que su partido iba a controlar el Consejo General gracias al nombramiento de un presidente afín. La idea de que un juez no tenga ideología es infantil. Pero la idea de que su acción pueda estar manejada por el partido que lo propone es vomitiva. Tanto fue así que se paralizó la renovación, y el propio juez, asqueado, se salió de la pomada. Lo que no sé es si aprendimos entonces una lección o sencillamente andan esperando un momento más propicio para causar el mismo daño con mejor oportunidad.

Me resulta igual de sorprendente ver que el Ayuntamiento de Madrid recibe la Cumbre del Clima. Impávidos, los mismos dirigentes que han desgraciado las pequeñas reformas ecológicas de la capital se fingen hospitalarios con el cambio. Porque para ellos la democracia es sencillamente oportunismo. Algo similar sucede cuando algunos dirigentes independentistas siguen insistiendo en compararse con movimientos como el de los insumisos al servicio militar. Pretenden engañar a sus votantes comparándose con los ejemplos de desobediencia civil. Pero en su caso, actúan al contrario. Al presidir las instituciones, más bien a lo que se parecen es a generales que negaran los derechos de los soldados raros y de los insumisos. Desde la autoridad institucional no se ejerce la desobediencia y quien lo hace cae en el fraude. Y así hasta la extenuación deberíamos volver a la escuela democrática, porque, en manos tan peligrosas, el mero concepto está en peligro de implosión