Los hijos de Ryanair

Artículos de ocasión

El día de hoy, nadie sabe a ciencia cierta si la reforma laboral emprendida en los años más duros de la crisis tuvo un efecto positivo o negativo en los índices globales de la economía española. Por supuesto, si se le pregunta a los empresarios, consideran que las reducciones de derechos y abaratamientos de los despidos impulsaron la contratación. Pese a ello, las cifras del paro, entonces espeluznantes, siguen siendo demoledoras. Pero, si se les pregunta a los trabajadores, dirán algo distinto: que la reforma laboral tan solo empeoró sus derechos sin provocar ningún beneficio concreto. La discusión podría durar años, pues las opiniones dependerán de los baremos que se utilicen para llegar a una conclusión. Y en lo económico ya vamos apreciando que no existe tal cosa como una certeza, salvo a tiro pasado. Resulta conmovedor ver a ciertos especialistas funcionar un poco a la manera de los cronistas deportivos, que el día después del partido dan con la clave que habría hecho ganar al equipo que perdió. Hace poco leí que Messi estaba viejo y el Barcelona necesitaba renovarse, y al día siguiente de un partido espectacular del argentino el mismo cronista decía que el problema del Barcelona es que Messi es insustituible. Lo curioso es que probablemente tenga razón las dos veces.

Pero sería bueno que nos detuviéramos un instante sobre la legislación laboral. Porque sucede como con los alquileres y las tasas, que no siempre pueden independizarse de las pasiones. Hace poco, un tribunal superior ha declarado que las cestas de Navidad a los empleados de una empresa no pueden suprimirse si se habían convertido en tradición. Todo el mundo lo festejó como una victoria de los derechos laborales. Y quizá lo es. Pero el resultado a corto plazo es que los empleados veteranos de esa marca seguirán recibiendo su cesta de Navidad como siempre. En cambio, el resto de los trabajadores del país se encontrará con que ninguna empresa querrá jamás institucionalizar la cesta de Navidad entre sus empleados porque el regalo adquiere categoría de obligatorio si se prolonga durante años. Es decir, la norma es buena y mala a la vez. A medida que se ha impuesto, gracias a la falta de regulación, la posibilidad de contratar a gente de manera precaria, todo el mundo lo hace. Hemos visto nacer el falso autónomo, pero también cosas peores.

Hace unas semanas, una trabajadora del hospital Clínic reclamó contra su despido, pues había enlazado doscientos contratos temporales. Acaso no tenía sus derechos después de una relación tan estable? Por supuesto. La Administración es a menudo, con profesores y sanitarios, el peor ejemplo de explotación y precariedad. No extraña que los empresarios sin escrúpulos tomen su penoso ejemplo como guía. Para culminar estas dudas razonables, en Girona, la compañía Ryanair ha establecido relaciones particulares con sus empleados para no cerrar la base allí. Ha practicado un ‘lo tomas o lo dejas’ por el que muchos trabajadores han aceptado empeorar sus condiciones laborales para mantener el empleo. Y aunque las partes no lo deseen, al saltarse los convenios sindicales, tendrá que ser la inspección de Trabajo quien decida si la reforma laboral practicada por la propia empresa es legal o se ha tratado de un chantaje.

Volvemos pues a la casilla de salida. Habrá trabajadores que interpreten su renegociación con la empresa como una tabla de salvación. Renuncio a derechos, pero mantengo el empleo. Habrá otros que consideren esa actitud como un signo de cobardía. Lo tremendo es que la discusión es irresoluble, salvo que intermedie una reglamentación clara y garantista. Las situaciones dramáticas suelen resolverse siempre con cesiones. El problema es que los más listos intentarán provocar esa misma situación extrema para obtener el beneficio. A esto se le llama en política ‘la doctrina del shock‘. Aterras a la población con la amenaza del terrorismo, la inmigración o un enemigo latente y puedes lograr que renuncien a sus garantías y libertades y te concedan una autoridad inmerecida y brutal para acabar con los derechos humanos. La regulación laboral es delicadísima, requiere pues un pacto frío, nada de urgencias ni milagros en el descuento. Y por encima de todo debe defender la dignidad del trabajador o volveremos a la esclavitud, que es lo que algunos añoran.