Que se callen hasta los grillos

Artículos de ocasión

Cuando vi nacer la estela de la niña Greta Thunberg como lideresa del movimiento ecologista, me eché a temblar. No me suele gustar que las causas se asocien a las personas. Por la sencilla razón de que ninguna persona puede estar a la altura de una causa. Las personas somos defectuosas por naturaleza, las causas son algo noble. La otra razón es más personal. No creo que los niños deban exponerse al escrutinio público hasta la mayoría de edad. Odio cuando sucede en el deporte, en la precocidad artística, porque la sociedad es una máquina de picar carne. De hecho, los que me conocen saben que suelo decir que debería estar prohibido darle un premio a nadie antes de que cumpla 60 años. Qué tranquila sería la vida así. Sobre todo en las artes, que nos han convertido en unos imbéciles que vamos de premio en premio hasta la derrota final. Pero en el caso de Greta muchos pensaron que sería diferente. Es una niña especial, que había comenzado su lucha con una terca voluntad, manifestándose los viernes por la crisis climática en su ciudad natal, antes de convertirse en celebridad. Sin embargo, en la cumbre de Chile en Madrid, las cosas desembocaron al cauce natural. Greta fue presa de esta era del conflicto, donde todas las discusiones han de reducirse a una dicotomía y las personas, por tanto, tienen que estar de mi lado o en mi contra. No hay solución intermedia.

Fue más bien tosco el insulto mediático. De lo que se trataba era de ridiculizar sus esfuerzos por colocar el clima entre las mayores preocupaciones de los dirigentes. La niña habla y piensa bien y se dio cuenta de que es utilizada incluso por algunas de las empresas más contaminantes del mundo, que se lavan la cara con campañas promocionales. El ridículo papel del Ayuntamiento de Madrid fue grotesco. Ella ha dicho en repetidas ocasiones que no hemos avanzado casi nada y que todo lo que oye a su alrededor de dirigentes, artistas y líderes políticos son palabras, palabras y palabras. Está esperando los hechos. Pero Greta aparte, porque soy de los que piensan que debe quedar aparte, ya que es demasiado niña para soportar el fuego cruzado, hay algo preocupante en todo lo que ha sucedido en torno a su caso. Una vez más, lo que ha quedado claro, es que los tanques apuntan hacia quien se atreva a hablar, a significarse. Ya hace tiempo que comenzó un lento pero efectivo proceso de desautorización de cualquier persona no profesional de la política que se atreve a adentrarse en los terrenos de la opinión.

Las más claras expresiones de esta estigmatización tienen que ver con el descrédito. Ya puede ser Kasparov un gran campeón del ajedrez que oponerse a la autoridad de Putin lo arrojará al limbo de los innombrables. Da igual que tengas la carrera de Springsteen o De Niro, si tus preferencias elementales en lo social y político se enfrentan al poder, serás quebrado y apartado. El mensaje ha calado en casi todos los países del mundo. Para que este silencio inducido tenga efecto ha sido necesario un cambio de hábitos propiciado por las redes sociales. A través de ellas se fomenta que las personas se transformen en marcas comerciales. La propia exposición, la venta de tu intimidad, la nula división entre negocio y vida convierten a las personas en productos en exposición comercial. A ellos les resulta muy costoso asumir un daño a la imagen. Por eso, cada vez menos personas quieren entrar en la discusión pública. El paso atrás, el silencio acobardado han sido las consecuencias reales de estas campañas de amedrentamiento. No va a ser fácil que esto cambie en el futuro. De China a Arabia Saudí, presenciamos cómo los opositores son retenidos y ejecutados. En la sociedad de consumo este veto es más sutil y menos sangriento, basta descuartizarlo en metáfora. Pero es igual de eficaz. Greta ha sido un símbolo para afirmar que nadie es intocable. Dañarán carreras, prestigios, presencias. Acabarán con cualquiera que se oponga a los intereses más burdos. A lomos de una intolerancia bendecida por este modelo de sociedad nuestro harán callar hasta a los grillos.