La Francia de todos

Artículos de ocasión

Creo que nunca se había vivido una huelga con tanta presión externa como la que se ha vivido en Francia durante la pasada Navidad. Para quienes visitan el país vecino a menudo no es una sorpresa toparse con convocatorias de paros. De modo ocasional, se te complican las vacaciones o la vuelta a casa por paros locales. Pero a finales de 2019 estalló la gran huelga nacional en protesta, sobre todo, por la reforma de las pensiones. Desde ese momento, la presión sobre los huelguistas fue asombrosa. La primera de todas las peticiones tenía que ver con las fechas elegidas. Para un país turístico por naturaleza, colapsar los servicios ferroviarios en plenas vacaciones de Navidad planteaba un problema económico. Pero muchos se olvidan de que París no es el único centro nacional y, pese al intento de dividir a los trabajadores en bandos enfrentados, las movilizaciones se mantuvieron y los paros fueron generalizados. Luego comenzó una tremenda presión sobre el contenido de la reforma, donde se venía a decir que los planes de jubilaciones actuales, con sus detalles particularizados según el gremio, eran la expresión de unos privilegios ya insostenibles. En esa batalla, los agentes de intoxicación han sido poderosos y no ha costado demasiado expandir por las opiniones públicas de los países vecinos una convicción de que esos privilegios mantenidos eran la razón de toda la disputa.

Sin embargo, a medida que han ido pasando los días y que la resistencia de los trabajadores ha sido ejemplar, las tornas han cambiado. Detalle a detalle, se ha sabido algo más de ese régimen de jubilaciones especiales. Por ejemplo, conocimos que tanto el Teatro de la Ópera como algunos ballets locales tienen un régimen especial para sus trabajadores por la sencilla razón de que esos trabajadores son especiales. No solo requieren unas condiciones físicas extremas, sino que su vida laboral está jalonada de lesiones y problemas de mantenimiento hasta que les llega el retiro forzoso a una edad en que muchos andan comenzando su andadura. Apenas cumplidos los cuarenta años, hay personas que ya no pueden ocupar su plaza en esos teatros y compañías públicas. A eso se le añade la intermitencia particular de muchos oficios de temporada. Todo esto es algo que a los españoles les resulta casi ajeno, porque no viven en un país en el que los organismos culturales tengan tanto peso. Para empezar, la riqueza artística y cultural ni tan siquiera es mencionada en nuestras campañas electorales, salvo en las ocasiones en que es conveniente atacarla para rascar cuatro votos entre un resentimiento poco analizado. Pero la realidad es que esas excepciones regulatorias de las jubilaciones en Francia no son un privilegio, sino una forma de decencia.

Y así se podría extender un análisis particular sobre la lucha reivindicativa en Francia. No nos encontramos ante un mero problemilla local. Nos enfrentamos ante el último muro de resistencia que Francia encarna de manera problemática desde hace décadas. En Europa, la cultura anglosajona de la privatización y la depredación contra el obrero se ha alejado un poco de nuestro centro de decisiones en la UE gracias al brexit. Pero el empeño por precarizar el universo laboral no deja de crecer. A las campañas brutales de los nuevos agentes comerciales, basados en la cultura de la comodidad y el empleado volátil y voluntarista, no le ha respondido una pedagogía sindical a la altura. Se vende como una guerra entre reformistas modernos muy atractivos y unos antiguos y escleróticos perdedores. La verdad es muy contraria a este postulado. La defensa de los derechos laborales y de jubilación no es una defensa de privilegios. Es una defensa del entorno, una barrera de resistencia frente a la ola precarizante. Trabajar es el destino de muchas vidas, es la entrega formidable de personas que no tienen la opción de especular en los mercados financieros con rentas y beneficios extraordinarios. No son privilegios, sino derechos conquistados a lo largo de un siglo XX que tiñó de sangre la reivindicación social y que mandó a la guerra casi constantemente a la juventud más valiosa para luego condenarla a posguerras de esfuerzo callado. No se puede renunciar a ello, en Francia nos jugamos la última batalla europea para dotar de condiciones laborales dignas a nuestra población.