Caballo regalado, ni regalo ni caballo

Artículos de ocasión

Cuando entré a trabajar en un periódico en mitad de mis estudios de Periodismo, solíamos dividir a los veteranos de la redacción en dos grupos. En uno estaban los que, cuando recibían regalos de fabricantes de coches, discográficas, asociaciones, empresas, distribuidoras de cine, te restregaban por la cara ya fuera el jamón, la estilográfica, la carpeta, el portátil. En el otro grupo estaban los que abrían el sobre, comprobaban la mercancía y, si no era material de lectura o escucha, volvían a introducirla en el paquete con la orden a los secretarios de que lo mandaran de vuelta a su destinatario. Era fácil darte cuenta de cómo funcionaba el asunto. El máximo exponente de esta manera de hacer siempre se ha considerado el de los visitadores farmacéuticos. Ay, cómo añoraban algunos ser médicos para poderse ir de viaje con los gastos pagados. Pero también en ese gremio estaban los que trazaban una línea divisoria y con enorme distinción decían «por ahí no paso». Y se negaban a recibir regalos para ablandar su recomendación de medicinas.

Cuando comenzó a convertirse en una forma de vivir paralela, los jóvenes prescriptores en la Red afilaban sus gustos en función de los regalos que recibían. Esta manera de actuar se extendió hacia profesionales variados, que mantenían cuentas con muchos seguidores y, por lo tanto, pasaron a presumir de la multitud de regalos que recibían. Desde cosméticos a fines de semana de ensueño, una nueva forma de publicidad se abrió paso en las tendencias tecnológicas. El asunto llegó a tal capacidad de engaño que las propias autoridades replicaron con una reforma legal que era tardía, pero apropiada. Conminaban a las figuras de la comunicación a reseñar para sus seguidores lo que se trataba de publicidad directa. Pese a la norma, la confusión ha continuado de manera notable. Lo peor de presumir no es tanto esa pequeña corruptela de recomendar lo que te invitan a recomendar, sino la exhibición de poderío porque todo te sale gratis.

En el mundo de la política internacional, siempre se tuvo presente que el caballo regalado del refrán ni es caballo ni sale tan regalado como parece. De manera literal, era el general Gadafi, líder supremo de la Libia de entonces, quien sostenía la costumbre de agasajar a presidentes y personas poderosas con caballos formidables. Es una costumbre que se extendió por otras dictaduras del hidrocarburo, cuyo avance fundamental en el poderío mundial ha corrido paralelo a la terca mirada hacia otro lado de los países democráticos. Las exigencias políticas que se les hace a otras naciones más pobres no tienen nada que ver con esa permisividad festiva cuando el corruptor es rico. Aquí a los youtubers e influencers, que ahora eligen tributar en Andorra, se los premia colocándolos en la lista de los receptores de regalos y ellos ya sabrán lo que tienen que hacer para mantenerse ahí. Con Gadafi, finalmente, la comunidad internacional se dio cuenta de que lo mejor era donar el caballo y que no se te relacionara demasiado con el personaje. La historia tiene siempre sus curvas y de Sarkozy a otros líderes políticos todos tratan de quitarse de encima la lacra de haber bailado demasiado el agua al general.

La devolución del regalo cuando afecta a tu criterio profesional es una máxima laboral en casi todos los países anglosajones. Jamás he visto la misma actitud rigurosa en territorios distintos. Pero en los últimos meses hemos sabido que algunas cuentas muy activas en las redes de personas populares han sido cautivadas ya por el visitador farmacéutico. Se atreven a recomendar tratamientos, pastillas, medicamentos sin tener ni la menor autoridad sobre el asunto. Lo hacen, además, hacia espectadores menores, indefensos, crédulos. Esta invasión del regalo del poderoso ha ido desactivando poco a poco el estamento crítico en todos los sectores. De la moda a la música, es casi imposible distinguir la apreciación sincera del elogio interesado. Es normal en un mundo en transición, pero ya han pasado dos décadas de este cambio de paradigma y conviene poner nuevos límites al descaro eterno. De hecho, el conflicto tiene que ver mucho con la cara, con la cara pública de tantísimas personas, ya hoy caraduras con todas las letras.