La lógica y los coches

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

No cabe duda de que la mejor de las novedades que nos trajo el confinamiento por la crisis sanitaria fue el de las grandes ciudades sin coches. Sin ese ruido eterno, el rumor de las tripas sucias de la convivencia masiva, que llega de las radiales. Tampoco la disparatada concentración de los aparcamientos, la invasión de los barrios periféricos con conductores que corren al metro, pero no renuncian al coche para regresar a la tarde a sus urbanizaciones impensadas y que tanto daño han hecho a la ciudad europea tradicional. La vida sin demasiados coches es apacible y cálida. Sin embargo, vamos a perderla en cuanto el confinamiento termine. Hace muchos años, me pasaba algunas cenas preguntando a los amigos qué tenía que ofrecerles la ciudad para que renunciaran al coche. La mayoría de las veces me encontraba una agenda repleta de desplazamientos, kilómetros de distancia entre la casa y el trabajo y, por supuesto, los hijos en escuelas a las que acceder sin coche era imposible o muy latoso. Fue entonces cuando tuve una idea que traté de presentarle al alcalde de Madrid, pero como casi siempre que me he acercado a algún político con una idea, di media vuelta antes de hacer el ridículo y me encerré en mi casa sin intención de mezclarme en esa bruma inexplicable que son las decisiones de gestión colectiva.

Pero la idea ahora vuelve a ser pertinente. Más que nunca, porque partimos de la base de un parque móvil detenido. Es decir, todo el mundo puede apreciar las ventajas para el aire, la respiración, la salud y la calidad de vida que ofrecen las ciudades sin coches. Por lo tanto, quizá, ahora sí, se pueda pensar en cómo mantener ese equilibrio de la manera más tenaz. Es algo parecido a volver a disfrutar del Edén y sin embargo aceptar que seremos expulsados en unas semanas para volver a la caótica condena de ganar el pan con el sudor de nuestra frente. El proyecto es sencillo y más ahora que existe la sumisión al algoritmo y las redes sociales comunicativas. Se trata de pedirle a cada persona que utiliza el coche en alguna de las grandes ciudades del país cuál sería el servicio de transporte público ideal por el que renunciaría a usarlo. Bastaría que tejiera un mapa de sus desplazamientos obligados y acotara el tiempo que invertiría en él. Puede incluir las paradas para hacer la compra, visitar a su madre enferma, llevar y recoger a los niños del colegio al campo de entrenamiento. Si cada persona que utiliza el coche ofreciera el mapa que a diario traza con su automóvil privado, quizá el ordenamiento del transporte público podría ser más lógico y útil.

Sumadas todas las opciones de desplazamiento tendríamos un exhaustivo organigrama de las rutas que han de cumplir los transportes públicos, su cadencia y el número de usuarios previstos. Esto nos serviría no solo para replantear un nuevo plan de desplazamiento, sino también para entender dónde son precisos los aparcamientos disuasorios, los lugares donde el ciudadano podría dejar su coche antes de introducirse en los atascos, la indecencia y la falta absoluta de conciencia que significa tratar de llegar con el propio coche a todos los lugares a los que se quiere ir. Por supuesto que no lograríamos resolver del todo el problema, siempre habrá egoísmos sin límite y necesidades abrumadoras, pero tendríamos más autoridad para imponer restricciones. No como ahora, que las restricciones se ejercen para castigar y ejemplarizar, pero no para solucionar la vida de los ciudadanos. También podríamos exigir el compromiso de las grandes empresas. Resulta indecente que organizaciones que requieren más de cincuenta personas en su instalación de trabajo no ofrezcan de manera generosa un transporte a todos ellos, similar a las rutas escolares, que tanto bien hicieron a esos padres que no se contentan con llevar a su hijo al colegio al lado de casa, que es el otro drama nacional y del que convendrá hablar en otro momento. A menudo se usa la información virtual contra nosotros, como espionaje y coerción. Pero también podría comenzarse a utilizar el contacto directo para diseñar una nueva ciudad. Siempre, claro, que a alguno de los dirigentes locales les interesen las soluciones y no tan solo los parches y el puro negocio.