Españoles frente al trauma

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

Cuando se repasa la crisis sanitaria que golpea España en la primavera del año 2020, es justo reconocer que el comportamiento general de los ciudadanos ha sido ejemplar. El ejercicio de profesionalidad de los imprescindibles ha sido memorable. El abastecimiento, con el esfuerzo de tantos sectores, y el cumplimiento general de las órdenes de organización de vida civil han tenido algunos episodios anecdóticos que revelan que, pese a que existen siempre aprovechados, caraduras y personas con sentimiento de superioridad, la mayoría respondió con altura. Los fallos en muchas residencias de ancianos delatan un sistema equivocado que ya denunciábamos estos años, tan grave como el recorte en sanidad. Hubo también la habitual improvisación del Gobierno, las irresponsabilidades y la mala gestión. Y, por supuesto, la lucha partidista y la tentación regionalista o nacionalista, el estúpido empeño por engañar a los paisanos con milagrosas recetas que nunca se podrán probar y, por lo tanto, quedan al servicio de la propaganda y el ventajismo. La gran paradoja se resume en expertos y científicos a los que se les exigían respuestas y certezas de las que carecen, pues falta estudio y análisis apropiado.

Cuando encaremos el problema del desempleo y la crisis económica, nos quedará, nos debe quedar, el recuerdo de que en los picos de la crisis supimos reconfortarnos del dolor gracias a la solidaridad, la unión y una cierta amistad secreta entre todos nosotros, que corre a ratos por la alcantarilla de la vida diaria. Sin recuperar todas esas virtudes en cierta medida, no habrá un futuro amable. Vencido el miedo, se esfumará la unidad y retornará la lógica disensión. Pero este es un país que padeció años de terrorismo, de dictadura, de crisis económica y supo rehacerse. Muchos temen la pelea ideológica, ya desatada de manera palpable. Pero no hay que temerla. La ausencia de esta dolencia sería la peor de las enfermedades. Los partidos políticos tratan de establecer piscifactorías de ciudadanos que a ser posible no se trasladen ni aspiren a mezclarse en otras aguas que las suyas. Por eso los ciudadanos tenemos que ser flexibles, abiertos y escuchar antes de hablar, para proteger nuestra democracia de sus propias virtudes.

Durante años, el franquismo gestionó por nosotros los escándalos y las crisis bajo la censura, el control judicial y la protección a la élite corrupta del régimen. Llegada la democracia descubrimos nuevos márgenes. La frustración que provoca en términos políticos esta crisis actual no es nueva. Hagamos un recorrido por la memoria viva: el brote de listeriosis, el derrumbe del vertedero de Zaldíbar, la ruina del mar Menor, la curva de Angrois, el metro de Valencia, el incendio de Guadalajara, Aznalcóllar, la crisis de las ‘vacas locas’, el naufragio del Prestige, las intoxicaciones con el aceite de colza, los pocos contagios de ébola, pero su pésima gestión. Sin entrar en las ocasiones en que se traspasaron los límites de la mentira, hubo en todos ellos falta de prevención, impericia, responsables sin preparación técnica y declaraciones de políticos que delataban su ignorancia o se sumaron para siempre a la antología nacional del disparate. Incluso cuando se evitaron tragedias, sufrimos enormes polémicas. Al suspender las exploraciones del proyecto Castor que causaban temblores de tierra, descubrimos que el Estado había firmado un contrato leonino donde compartía las ganancias, pero asumía las pérdidas. Cuando se hizo acopio de vacunas para combatir la gripe A, se discutió la pertinencia del gasto preventivo porque tuvimos que destruirlas, por fortuna sin usarlas.

En las tragedias españolas hemos aprendido a sufrir así: llorar y, luego, a la pelea política. La democracia obliga a los ciudadanos a un incómodo ejercicio de búsqueda de información veraz y contrastada. Nadie va a venir a hacer el trabajo por ellos, sino más bien lo contrario. Por eso sorprende tanto la insistencia en recurrir voluntariamente a autocegarnos, contaminarnos y anular el criterio propio. Infrautilizar nuestra libertad sería tan idiota como usar nuestros sueños nocturnos para fantasear con ir a la oficina y rellenar instancias. En momentos de crisis, incluso alrededor de tragedias y espantos, la libertad se convierte en un reto a nuestra autoexigencia. Cuando disfrutamos con perspicacia de la gozosa complejidad de vivir en democracia, se activa la fuerza para ponerse de nuevo en pie.