El vicio de la cita

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

Uno de los escritores a los que alguien puede regresar sin temor a verlo repetirse es Montaigne. En su forma de pensar, el recurso a la cita es una manera de enfrentarse a los contrarios. Gracias a su rara mezcla de cultura y honestidad, es capaz de contraponer dos inteligencias para tratar el asunto que le interesa. Llegado el momento de la discusión, pues son discusiones lo que presenta al lector, conoce el valor de no regodearse satisfecho en la idea propia, sino agitarla, contrastarla y observarla desde diferentes puntos de vista. Es el ejemplo radiante de esa cosa llamada inteligencia. Y es probablemente el escritor que elevó la cita a las bellas artes. Pero la cita en sí misma, si no se usa en esa dimensión, es un atajo mental. Hay un momento en el que rezuman oportunismo o vacuidad. Muchas veces lees a alguien citar o soltar una cita cuando habla y reconoces a un inepto. Es muy sencillo, cuando alguien se planta y suelta: como dijo Shakespeare, lo natural es pensar que nos encontramos ante un cretino que pretende avalar su tesis con un abrazo cordial al maestro.

Pero toda cita tiene su contexto y su personalidad, que refieren al autor y lo traen de vuelta. Me sorprende mucho que tantos políticos citen a Groucho Marx. Les conviene repetir su frase famosa: «Estos son mis principios, pero si no le gustan, tengo otros». Los políticos la usan para ridiculizar a sus rivales. Pero no entienden nada. Esa frase la usó Groucho para retratar su propio cinismo, su oportunismo, su falsedad y su miseria. Cuando la pronunció en la película redondeaba al personaje que se pasó años llevando a cuestas. Ladino, listo, encantador y estafador. Así que el político que la pronuncia hoy no puede referirla al rival. Groucho nunca lo habría hecho, porque era decente en su trapacería, al contrario que quien lo cita. Del mismo modo, la utilización de citas sacadas de contexto provoca malos entendidos y delirios históricos. Personas reaccionarias citan a Oscar Wilde, antirreformistas conservadores citan a Azaña, racistas citan a Mark Twain. Cuando uno cita se acoge al autor y no cabe pensar distinto a él, porque la cita ha de ser una forma de amor y de identificación en conjunto.

Todo esto ha empeorado con Internet, donde existen entradas deleznables que reproducen citas célebres sacadas de contexto y mal traducidas. De allí las toman todos los tontos contemporáneos para sacarlas a pasear. Supongo que de Internet debió nacer el error del ministro de Cultura cuando citó a Orson Welles para frenar la preocupación de los actores por su futuro laboral durante la crisis de confinamiento. Que Welles dijera que la vida era antes que el cine no tenía nada que ver con la vida biológica amenazada por la enfermedad y la muerte. La vida a la que se refería era otra, la de la amistad, la bebida, el buen comer, los placeres. También recientemente, Pablo Casado citó nada menos que a Tarradellas con su frase: «En la política se puede hacer de todo, menos el ridículo». Curioso que el catalanismo nacionalista me sirva cuando me va bien.

Cuando escuchamos esas citas desprestigiadas por el mal uso, cuando presenciamos apropiaciones indebidas, cuando volvemos a reparar en el extendido vicio de la cita, deberíamos recordar, a modo de cita, una escena de La notte de Antonioni. El escritor que encarna Mastroianni está rodeado en una fiesta por empresarios y gente adinerada que le hacen ver la importancia del dinero incluso para los intelectuales. Es un personaje pasivo y no va a defenderse, hasta que un joven engreído, el típico cachorro empresarial, cita de corrido una frase: «La democracia, en términos vulgares, significa hacer lo que veas». En ese instante, el personaje de Mastroianni reacciona con virulencia: «Conozco esa frase, es de un escritor a quien admiro, pero dicha así me causa horror, porque usted la ha pronunciado con cierta complacencia y en cambio quien la escribió lo hizo con desesperación». Ese es el secreto, exigir a quien cita identificación con el contexto, fidelidad al sentido profundo y, más importante aún, defensa exquisita de ideas similares a las del padre o madre de la frase.