Del fútbol y el desapego

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

De pequeño mis equipos de fútbol favoritos eran el Atlético de Madrid y el Liverpool. Mi selección era la de Brasil y mi jugador más querido, Sócrates. Recuerdo la tragedia del estadio Heysel de Bruselas en 1985, cuando los aficionados del Liverpool causaron una desgracia entre los tifosi de la Juve como el momento en el que me despedí de la pasión por Dalglish y la mística de Shankly. No me costó mucho decirle adiós. Años después, tuve que pasar un calvario parecido, cuando Gil y Gil representó el ascenso del populismo corrupto con gran éxito en España y se hizo con la propiedad del club de mis amores. Poco a poco me fui desligando de su peripecia y la sigo con el corazón, pero no con la cabeza. Con Brasil fue igual de trágico, pues pese a la maravillosa y constante fabricación de jugadores artistas, cayó en décadas de un fútbol muscular y anodino, que me desligó de sus destinos para siempre. Luego, como a todos, me sedujeron el Barcelona de Cruyff y Guardiola y la selección española de Aragonés y Del Bosque. Pero con los años volvió un enorme escepticismo, acrecentado por la invasión de ese deporte en todos los ámbitos mediáticos y su aplastamiento de otras disciplinas más disfrutables. Cuesta esfuerzo ser fiel a la competición y tan solo entre el mes de marzo y el mes de junio le presto alguna atención, aunque este año del coronavirus 2020 ha sido el periodo suprimido por prevención sanitaria.
Los dos encuentros disputados cuando se expandía el contagio –el Atalanta-Valencia y el Liverpool-Atlético de Madrid– demostraron, además, el poderío de ese deporte para negar a cualquier otra autoridad y provocar una gran irresponsabilidad generalizada. El fútbol es así, en muchas ocasiones está por encima de la ley. Ese desligarse del deporte rey me llevó a negarme a escribir sobre él, después de hacerlo gozosamente durante unos años. Recuerdo que esta temporada, por el modo en que el Barcelona despidió a su entrenador Ernesto Valverde, me alegré enormemente de haberme desentendido de ese negocio, donde la caballerosidad y la honestidad han quedado desterradas por el ventajismo y la demagogia. Me supo mal decirle que no al hijo de Michael Robinson, Liam, cuando me pidió participar en un debate sobre el clásico. Me dolió porque su padre era una de esas voces que uno escuchaba con placer asociado al fútbol. Era, además, la cara visible de uno de los mejores programas deportivos que se han hecho nunca en la televisión española, Informe Robinson.
Tras su fallecimiento, no ha habido aficionado al fútbol que no reconociera que su modo de narrar y analizar, su visceral entusiasmo y su inteligencia, le habían hecho más llevaderas tantas y tantas tardes de mal fútbol. El buen fútbol, que a veces alcanza la categoría de genialidad insuperable, no necesita comentarios. Se explica por sí solo y explica la pasión que tantos le debemos. Recuerdo una tarde en que mientras caminaba por las Ramblas me llegó una llamada de un número desconocido. Como acostumbro, no contesté, suelen ser líos y coñazos. En esta ocasión, la persona que llamaba dejó un mensaje que tuve que escuchar tres veces, pues no entendía ni palabra. Al final comprendí que me felicitaba con enorme simpatía por un artículo titulado Ventajas de perder así que yo había publicado el día anterior en el periódico. La persona que dejaba el mensaje con un castellano deshuesado y vibrante era Michael Robinson. Me he acordado de ese Ventajas de perder así cuando he leído a sus buenos amigos contar el modo en que encaró su enfermedad mortal, la risa y la vocación de no amargar a los amigos con las penas propias, sino de encarar el epílogo con la misma convicción de que la vida es un regalo tan inesperado como caprichoso. Personas como él dignifican el fútbol. Hacen falta más para que uno regrese, para que uno tenga razones de asomarse a ese deporte transformado en dinero, para que uno añore que vuelva la competición. Son esas personalidades que seducen, a las que prestas atención y tiempo y con las que te gustaría compartir las vicisitudes de su triunfo y su derrota en equilibrio permanente. Esos pocos son mi fútbol y sin Robinson, faltará uno.