Inclusiva, inclusivo

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

La polémica sobre el lenguaje inclusivo podría haber sido de un interés general, pero al apropiarse de ella los extremos, pasó como sucede a veces en la política, que deja de tener interés porque nadie escucha al otro. La inmovilidad en una disputa proviene de adherirse al prejuicio propio. Quienes no reconocen que el lenguaje también ha formado parte de la estrategia de dominación nada sutil que los hombres han impuesto sobre las mujeres a lo largo de siglos, es que entienden bastante poco del funcionamiento de la sociedad. Pero quienes pretenden que la lengua es un organismo accesible para la dictadura del buen gusto y la imposición acomodaticia de intereses ajenos al propio uso también pecan de ignorancia. Los dos picos de la polémica tuvieron lugar en el Parlamento, que como su propio nombre indica, sería un lugar adecuado para estas trifulcas. Al utilizar la palabra miembra, la entonces ministra Bibiana Aído no cometía un error, sino que provocaba una sensación. Fue rechazada de plano, como sucede siempre con cualquier palabra. Sin embargo, poco a poco, esta acepción cuenta con sus partidarios.

Sucedió algo similar cuando Jesús Gil creó la palabra ostentóreo. No era su intención aspirar a la Real Academia, nada Real le era querido, pero logró fusionar dos palabras, ‘ostentoso’ (que define una apariencia lujosa o aparatosa) y ‘estentóreo’ (que define lo fuerte, ruidoso o retumbante). Del mismo modo, Sofía Mazagatos, sin afán lexicográfico, potenció la palabra ‘candelabro’, ya en desuso por la ausencia del objeto en nuestras vidas, como una ironía para referirse a estar en el candelero. A estos dos hallazgos brutales e inmarchitables, los pasamos a definir como palabros. He aquí otra creación polémica e inclusiva del habla popular, pues hoy en día palabro es una expresión de uso corriente y muy estimulante. Delata que asociamos lo bruto y tozudo a cierta masculinidad, frente a la ligereza flexible del femenino. Viva la lengua hablada, tiene uno que gritar ante momentos así. Nadie sabe si miembra gozará de esta suerte, pero es una palabra adherida a una polémica y por tanto expresiva y gozosa. Del mismo modo, todos sabemos que ‘genio’ es una definición neutra, sin embargo, en los últimos años hemos aceptado con total naturalidad su variación femenina, genia. De manera precisa, decimos que Meryl Streep es una genia de la interpretación y suena tan bien que el uso se extiende con la facilidad con que se derrite un helado al sol.

La otra cumbre polémica tuvo que ver con la palabra portavoza. En este caso, por desgracia, nos encontramos ante un hallazgo tan feo y malsonante, que nadie lo ha utilizado después, ni falta que hizo. Corresponde, quizá, a la más tonta vertiente de la pelea por el lenguaje inclusivo. La que niega al hablante la capacidad para dotar a una expresión de vida y espacio real. Sucede con esas versiones del todes, tod@s o el ciudadanos y ciudadanas, ya tan cansino que delata a quien lo utiliza como alguien incapaz de sentarse a pensar. Porque pensar, como dijo Pessoa, es tan cansado como andar bajo la lluvia. Sin embargo, este fracaso no elude la realidad de que el lenguaje ha sido poco inclusivo y eso va a cambiar de manera radical. Lo cual no será una desgracia, sino una fiesta. Demostrará que el idioma está vivo. Porque nuestras terminaciones no son tan neutras como las anglosajonas. A nadie se le ocurre que sea un problema incorporar influencer o rider sin tener que decir influencera o rideresa. Pero el castellano es un feliz disparate vocálico. Por eso, en lugar de amedrentar a la Real Academia con campañas de ataque y desprestigio a sus muchos miembros y pocas miembras, sería más práctico proponerles un pequeño cambio conceptual. A partir de ahora, cuando enuncien en el diccionario el género de un adjetivo, en lugar de escribir ‘temeroso/temerosa’, ‘vicioso/viciosa’ o ‘inclusivo/inclusiva’ podrían respetar la jerarquía alfabética que siempre tuvo la letra A sobre la letra O y así invertir el orden en todas las acepciones. Lo natural es que el diccionario diga: ‘temerosa-temeroso’, ‘viciosa-vicioso’ e ‘inclusiva-inclusivo’. Es una cuestión formal, pero aceptarlo delataría que no hay otros prejuicios detrás de la negativa al cambio.