Invitado a una lapidación

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

Con Woody Allen siempre hay un malentendido. Por el hecho de que sus películas retraten al género humano con precisión e ironía, se tiende a pensar en él como un humanista. Es una de las dudas que resuelve en la autobiografía, cuando comparte que su falta de fe en las personas se ha visto paulatinamente confirmada a lo largo de los años. El éxito del libro en su edición española permite observar que no ha calado el rechazo hacia su obra fomentado por posiciones de escrutinio moral. Discrepo de quienes consideran que el libro se echa a perder cuando Allen dedica un centenar de páginas a explicar su duelo judicial con Mia Farrow. Esas páginas son la razón del libro. Jamás habría escrito su biografía de no considerar necesaria esa defensa de su reputación. Desde el título, A propósito de nada, Allen deja claro que no considera su vida de interés, desacredita la idea que muchos tienen de él como un intelectual exquisito y reivindica su papel en el cine como una mera prolongación del escapismo que significó ese entretenimiento en su gris vida infantil de niño judío en Brooklyn.

Intrigado, hace años le pregunté por el modo en que había sido capaz de llevar adelante una carrera a ritmo de una película por año. Su respuesta fue escueta: «Oh, eso es muy fácil, carezco de vida». No va a ser ni el primero ni el último en utilizar el trabajo para sostenerse en pie. A lo largo del tiempo ha concedido miles de entrevistas que pueden ser leídas como una conversación llena de las bromas e ingeniosidades que soltaría ante amigos de los que carece. Es brillante siempre, especialmente frente a la apoplejía mental de tanto autobombo. Allen se flagela para inmediatamente después considerar la existencia como una estafa de casino. Como todos los juegos de ruleta, la vida se inclina necesariamente por arrasar a quien juega, arruinarlo y dejarlo en bancarrota. Lo sabe y actúa en consecuencia. El escapismo no es por tanto para él una cobardía, sino una respuesta racional. También el sexo, que pasa a ser un capital pasajero pero fundamental para cuando llegue la extinción y tener al menos una renta de placeres suficientes como para abandonar este mundo con media sonrisa.

Las mejores páginas de la biografía de Allen son el recuento de su historia de amor con la actriz Louise Lasser. Su belleza, su inteligencia, pero también sus inestabilidades emocionales y su tendencia a la infidelidad arrasaron la idea del amor. En otro malentendido habitual, los críticos suelen desconsiderar la película Stardust Memories como la simplona forma de rechazar su éxito desproporcionado. Pero allí Allen trató de expresar la melancolía que le provocaba haber comprendido que ni la fortuna ni el amor podrían completar los rotos que una persona lleva dentro. Cada espectador se queda con un detalle de sus películas y cada mujer representa la presencia y la ausencia de lo que busca. Pese a confesar que no lee nada de lo que escriben sobre él, Allen refuta en su libro muchas de las cosas que se han escrito de él. La más dolorosa decepción es el modo en que su periódico de toda la vida, The New York Times, encaró las acusaciones de abuso contra él. El puritanismo, que nunca ha abandonado a los Estados Unidos desde la fundación de aquellas ligas de la decencia capitaneadas por viudas virtuosas y párrocos atizantes, se volvió a hacer presente cuando se emparejó con la joven hija adoptada por su compañera y actriz. El proceso demoledor de separación condujo hasta las acusaciones de abuso por parte de su propia hija adoptada durante la relación con Mia Farrow. Ese dilema, sin conclusión judicial, coincidió con otras denuncias bien fundamentadas contra acosadores y depredadores seriales. En esa encrucijada, uno de los síntomas menos alentadores fue ver a varios actores como Timothée Chalamet o Greta Gerwig renunciar al salario mínimo que cobraron en películas de Allen para postularse con opciones en su carrera hacia el Oscar. Allen le reserva a estos fracasos el mismo desprecio con que recibió los éxitos, los parabienes, los homenajes. Sus burlas son la defensa diminuta de alguien contra la enorme pedrada que el destino nos tiene reservada.